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Publicado el 23 de julio del 2010

Publicado el 22 de julio del 2010

Eugene cubrió el cuerpo de Claudine con una fina capa de seda verde y se apartó. Todos la observaban. Se sentían atraídos y excitados por el miedo, el desconcierto y la incertidumbre que delataban sus gestos y su mirada. Claudine, que intentaba cubrir las partes más pudorosas de su cuerpo con la tela, juntó las piernas con fuerza para detener el semen que había recibido en su interior y que en aquel preciso instante se deslizaba hacia el suelo por el interior de sus muslos. Sintió asco, y recordó que aquella sustancia que ahora fluía por su pierna era la misma que había observado en el miembro de Eugene y que poco antes había tenido que chupar.

Emily, con la impaciencia propia de su juventud, se acercó a Claudine y preguntó:

—¿Puedo subirla a mi cuarto? —La madre asintió con la cabeza—. Eugene, prepáramela.

Eugene sabía lo que tenía que hacer: llevó las manos de Claudine a la espalda y, juntando las dos anillas, unió las dos pulseras de cuero con un pequeño candado de acero, haciendo sonar los cascabeles. Se acercó a un pequeño cofre de madera que había sobre un mueble y sacó de éste una cadena de finos aros que enganchó al collar de Claudine. Después ofreció un extremo a Emily y se apartó.

Claudine se sintió tal y como todos esperaban que se sintiera: vulnerable y humillada. Ella no era más que un juguete del que acabarían cansándose después de haberle dado todos los usos posibles. Y cuando se aburrieran de él, le buscarían usos alternativos que satisficieran sus depravadas necesidades. Pero por fortuna, Claudine desconocía esto último, al igual que desconocía otras muchas cosas y que solo descubriría con el tiempo.

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Publicado el 20 de julio del 2010

Publicado el 19 de julio del 2010

Publicado el 18 de julio del 2010

El barrio de Clerkenwell fue, a principios del siglo pasado, uno de los más pobres de Londres. La enfermedad y la miseria asomaban en cada esquina, y no había persona que no tuviera un enfermo en la familia o conociera a alguien que lo estuviera. En aquellos tiempos, los llantos y lamentos se habían convertido en la música de fondo de un escenario oscurecido por la sombra de la muerte.

En la fachada de la iglesia, junto a una de las pilastras que flanqueaban el portón de la entrada, el cura colgó un cartel cuyas letras decían:

“Si con tu boca reconoces

a Jesús como Señor,

y con tu corazón crees

que Dios lo resucitó,

alcanzarás la salvación.”

El corazón de Claudine se encogía cada vez que pasaba por allí con las precarias medicinas que el medico le daba para su hija. “Yo creo Señor, yo creo; pero sálvala, por favor te lo ruego, sálvala” decía para sus adentros como si en lo más profundo de su ser fueran a ser atendidas sus súplicas. Sin embargo, pese a todos sus ruegos y lamentos, la niña, que con apenas seis años se aferraba a la vida con todas sus fuerzas, parecía debilitarse día tras día.

—Roger —dijo Claudine. El silencio era abrumador. Roger daba vueltas a la sopa con la cuchara sin apartar la vista del plato—. Roger —repitió Claudine a su marido con el mismo tono de voz apagado—. Has de hacer algo.

Roger no dijo nada; se levantó de la silla y fue a ver a su hija, que permanecía acostada; la besó en la frente y se retiró a la cama, meditabundo.

Al día siguiente, como cada mañana, Roger acudió a su puesto de trabajo: una fábrica para la que trabajaba desde hacía siete años. Pero ese era un día distinto a los demás; ese día pediría a su jefe algo muy importante.

Roger intentó convencer al supervisor que le dejara hablar con el señor Wales, pero éste se negó con rotundidad. Conocía la situación de Roger e intuía sus intenciones, y prefirió no molestar al jefe con asuntos de ese tipo, pues sabía de buena tinta lo mucho que lo irritaba. A media mañana, cuando el señor Wales, dueño de la fábrica y jefe de los cuarenta y tres trabajadores que tenía contratados, se paseaba por la planta principal, Roger abandonó su puesto y se acercó a él.

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Publicado el 16 de julio del 2010

Publicado el 15 de julio del 2010

Publicado el 14 de julio del 2010

Hace algún tiempo que no me siento a escribir para “TodoRelatos”… pero es que he estado muy ocupada. Para los que no me conocéis, os diré que me llamo Rosa Martín, mañana voy a cumplir 38 años, estoy soltera, soy bisexual –aunque ahora tengo una novia lesbiana, y me estoy convirtiendo- y para decirlo rápido “estoy muy buena”. Lo que más me gusta de mi cuerpo son mis tetas; siempre que tengo oportunidad las enseño. Eso es lo que me manda mi novia, que además es mi Ama, y yo la obedezco encantada.

Durante este tiempo que no he podido escribir, mi Ama Noelia me ha sometido a un proceso especial de adoctrinamiento. Lo primero que ha hecho ha sido ponerme una pinza especial en el clítoris. Me obliga a llevarla todo el día; vaya a donde vaya y esté con quien sea… Mi Ama está muy encoñada con el libro “Historia de Ô” de Pauline Reage. Me lee fragmentos casi todos los días y, de alguna forma, los recrea conmigo.

Por ejemplo, un día leyó el siguiente fragmento: “Cuando estuvo peinada y maquillada, con los párpados sombreados ligeramente, la boca muy roja, los pezones sonrosados y el borde de los labios mayores carmín, mucho perfume en las axilas y el pubis, en el surco formado por los muslos, debajo de los senos y en las palmas de las manos, la hicieron entrar en una habitación en la que un espejo de tres cuerpos y otro espejo adosado a la pared le permitían verse perfectamente. Le dijeron que se sentara en el taburete colocado en el centro del espacio rodeado de espejos y que esperara…” Entonces Noelia me hizo sentarme en una silla en el baño, desnuda y con las piernas bien abiertas, con mis manos a ambos lados de la silla. Me depiló el sexo completamente. Cogió sus pinturas y me ensombreció ligeramente los párpados, puso una buena cantidad de carmín en mi boca y en los labios mayores de mi coño, puso colorete en mis pezones y finalmente perfumó varias zonas de mi cuerpo, como en el relato. Me hizo salir de la habitación, filmándome en video, y me llevó al salón de nuestra casa donde había dispuesto un taburete y varios espejos. Me hizo sentarme en el taburete con las piernas bien separadas y me obligo a permanecer en esa postura un buen rato, mientras que tomaba varios planos de mis tetas, mi coño totalmente expuesto, mi boca, mi culo… Después desapareció por un buen rato.

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Publicado el 12 de julio del 2010

Publicado el 11 de julio del 2010

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