Eugene cubrió el cuerpo de Claudine con una fina capa de seda verde y se apartó. Todos la observaban. Se sentían atraídos y excitados por el miedo, el desconcierto y la incertidumbre que delataban sus gestos y su mirada. Claudine, que intentaba cubrir las partes más pudorosas de su cuerpo con la tela, juntó las piernas con fuerza para detener el semen que había recibido en su interior y que en aquel preciso instante se deslizaba hacia el suelo por el interior de sus muslos. Sintió asco, y recordó que aquella sustancia que ahora fluía por su pierna era la misma que había observado en el miembro de Eugene y que poco antes había tenido que chupar.
Emily, con la impaciencia propia de su juventud, se acercó a Claudine y preguntó:
—¿Puedo subirla a mi cuarto? —La madre asintió con la cabeza—. Eugene, prepáramela.
Eugene sabía lo que tenía que hacer: llevó las manos de Claudine a la espalda y, juntando las dos anillas, unió las dos pulseras de cuero con un pequeño candado de acero, haciendo sonar los cascabeles. Se acercó a un pequeño cofre de madera que había sobre un mueble y sacó de éste una cadena de finos aros que enganchó al collar de Claudine. Después ofreció un extremo a Emily y se apartó.
Claudine se sintió tal y como todos esperaban que se sintiera: vulnerable y humillada. Ella no era más que un juguete del que acabarían cansándose después de haberle dado todos los usos posibles. Y cuando se aburrieran de él, le buscarían usos alternativos que satisficieran sus depravadas necesidades. Pero por fortuna, Claudine desconocía esto último, al igual que desconocía otras muchas cosas y que solo descubriría con el tiempo.
