Esta es la historia de mi esclavitud y venta. Todo comenzó cuando mi marido y Manolo, mi amante, decidieron sacar provecho de mí. Era Viernes, cuando al llegar a casa mi marido me llamo al dormitorio, nada más entrar me beso apasionadamente para, acto seguido, decirme que me pusiera lo que había encima de la cama.
Me desnude y me puse lo que me dio mi marido, unas medias de cuero atadas con cordones, un body del mismo material que apretaba mi cintura y dejaba mis pechos al aire y un collar de cuero cerrado con candado. Luego él me puso brazaletes con argollas en los pies y las manos, atándome estas a la espalda. En esto que entro Manolo, al ver mi cara de sorpresa, mi marido me dijo:
- Tranquila, hace tiempo que lo sé todo. Y ahora hemos decidido pasarlo bien los dos a la vez.
Manolo me puso una correa de perro en el collar y tirando de ella me dijo
- Ven, perra – al tiempo Manolo me azotaba en el trasero con una especia de bastón de cuero.
Tiro tan fuerte de la correa que casi caigo al suelo, me llevo al garaje, donde, para mi sorpresa, lo habían convertido en una especie de cuarto de ‘sado’. Manolo me ato mis muñecas a dos cuerdas que colgaban del techo y mis tobillos a otras dos que estaban en el suelo, tiro tan fuertemente de ellas que yo di un gemido de dolor.
Leyendo el diario mi vista se detuvo en un aviso clasificado que me llamó la atención,”Mujer en busca de matrimonio que desee vivir experiencias fuertes sin tabúes ni restricciones, sumisa total.”
Encajábamos perfectamente dentro de sus fantasías, y no dudé en conversarlo con mi mujer, que en principio me planteo sus dudas respecto de la figura y personalidad de la autora del aviso. “¿Sería agraciada delicada, gustaría de nosotros.?”.
Para aclarar nuestras dudas me puse en contacto telefónico por el número que acompañaba al aviso. Me respondió una voz sensual que parecía darle un matiz erótico a la conversación. “Soy María, y justifico tus dudas y las de tu esposa”, me dijo. “Me describo, soy blanca, de cabello castaño oscuro, mido 1,67 metros.”, “Mis senos son algo exuberantes, mi cintura es estrecha y mis caderas anchas.”. “Tengo piernas torneadas, y una cola parada y firme”. “Creo que no los voy a desilusionar”, concluyó.
Entrar en aquel reclusorio, exclusivo para mujeres, era entrar al infierno. Ahí no se conoce la compasión, y las palabras piedad y lástima no son más que vagos conceptos inexistentes. Tras sus paredes de piedra desnuda, y sus gruesas puertas recubiertas de planchas metálicas, solo reina el dolor y el sufrimiento.
Mujeres, solo mujeres. Cualquier desierto del norte puede esconder entre sus ardientes arenas el edificio lúgubre y oscuro de ese reclusorio. Lejos de la civilización, y más lejos todavía de cualquier ley humana, su mismo aislamiento permite el afloramiento de los más oscuros instintos.
A quién puede importar lo que sucede dentro. Quienes pasan por encima, disfrutando de la eterna libertad de un cielo azul rara vez cubierto de nubes, ven una cárcel como tantas otras. Un gran patio rectangular rodeado de celdas por dos lados, y más allá en una esquina los edificios administrativos. Casi siempre el patio está desierto. El calor adormece, desmaya.
