Han transcurrido más de seis años desde que mi cerda y esclava me pertenece totalmente en cuerpo y alma, desde que la tengo en casa, totalmente sometida, sin sus brazos, anillada, castigada, enmudecida para siempre, humillada y degradada a tal punto que ya no es una mujer sino que es exactamente lo que dije al inicio, una cerda.
Mis expectativas con relación a su sometimiento y mi goce habían sido superadas totalmente hace ya mucho tiempo, pero ella, la cerda, parece ser que aún está dispuesta a más. No me lo dice ya que está privada de por vida del don del habla, al haberle sido cortadas sus cuerdas vocales, pero me lo hace notar en cada oportunidad que puede.
Es así que los otros días, cuando la saqué a tomar un poco de aire luego de casi cuatro meses encerrada en el sótano, y aprovechando que había un día relativamente soleado, ella me escribió sobre la tierra con sus pies “amo, ya no soporto esta vida, necesito sufrir más”
Esta confesión me dejó perplejo, no podía imaginar que esta cerda esclava estaba dispuesta a seguir traspasando límites, pero era así, tal cual.
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