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	<title>Realmente sado</title>
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	<description>Sadismo, bondage, pies fetiche, esclavas y esclavos. Torturas, zorras atadas. Lenceria erotica fetichista.</description>
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		<title>Sudor y sado es excitacion</title>
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		<pubDate>Tue, 16 Mar 2010 15:28:13 +0000</pubDate>
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		<title>Es noche de futbol</title>
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		<pubDate>Mon, 15 Mar 2010 15:09:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[Es mi primer relato publicado aquí. Espero que os guste&#8230;
Es noche de fútbol y vienen amigos a casa.
Mi amo lo sabe, hablé con él hace un rato, y me ha dado órdenes.
Me dispongo a recibir a los invitados. Mi hombre me ha dicho antes de abrir la puerta principal: ‘estas hermosa esta noche’, y me [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Es mi primer relato publicado aquí. Espero que os guste&#8230;</p>
<p>Es noche de fútbol y vienen amigos a casa.<br />
Mi amo lo sabe, hablé con él hace un rato, y me ha dado órdenes.</p>
<p>Me dispongo a recibir a los invitados. Mi hombre me ha dicho antes de abrir la puerta principal: ‘estas hermosa esta noche’, y me ha besado en la boca; yo me he sentido completa.</p>
<p>Los hombres se acomodan frente al televisor: cerveza, panchitos, y testosterona en grandes dosis. Son felices.</p>
<p>Las mujeres han preferido quedarse en el jardín, la noche está fresca y el entorno es bucólico, huelen las flores ahora que el sol se ha ido, y la tierra mojada me recuerda que hace un rato mientras regaba, me distraje pensando en mi Amo, en lo que me dijo: AL PRIMER GOL SUBES Y TE QUITAS LAS BRAGAS. No puedo evitarlo, me he vuelto a excitar. AL SEGUNDO GOL SUBES, TE METES EN LA BOCA LAS BRAGAS QUE TE QUITASTES, LAS TETAS LAS PONES SOBRE EL LAVABO, Y TE MASTURBAS, TE CORRES PARA TU AMO&#8230; El clímax del placer, sin duda, imagino.</p>
<p><span id="more-822"></span>Será la primera vez que disfrute con el fútbol y es gracias a mi querido Amo, a mi Señor. Me paseo de un lado a otro de la casa, sirviéndoles a todos, y pienso: debería haberme puesto delantal y cofia, pero eso sí, sin nada debajo, desnuda y desinhibida, ellos lo habrían agradecido y ellas me habrían llamado guarra&#8230; orgásmico.<br />
Las mujeres siguen afuera, hablan de trapitos, de música y lo envenenan todo con sus chismes y cuentos que no soporto, pero soy buena anfitriona y no las hago sentir mal.<br />
Los hombres gritan dentro, insultan y se felicitan según las jugadas del equipo al que defienden, parecen niños.</p>
<p>Prefiero estar con ellos. Desde un rincón miro a la pantalla con avidez, tengo taquicardias, y mi hombre lo nota: ‘Nenaaaa, ¿qué te pasa?, ven aquí’, se ríe y les dice a sus amigos: ‘¡mi mujer viendo fútbol!, ‘¡esto nos dará suerte!’, y me sienta en sus rodillas. Hago el amago de levantarme pero me tira de las caderas hacia él. Uff, está bravo esta noche, pienso, está becerro, como él dice. Pero yo sigo con los ojos clavados, hipnotizados en la caja tonta, esperando ese primer gol que llega en unos segundos. Estalla la alegría en la casa, y yo me escapo al baño de arriba. Me quito las bragas en una micra de segundo y no me sorprende, pero sí me causa satisfacción el notar que ya estoy húmeda. Me viene a la mente mi Amo, y sonrío. Ojalá se sienta orgulloso de mí.</p>
<p>Bajo las escaleras despacio, regodeándome en mi obediencia, en mi reeducada sumisión que va evolucionando por y para mi Amo. En el salón todo sigue más o menos igual, hasta que yo llego. Mi hombre me busca, me mira, y me besa en los labios para celebrar el gol, me mete toda lengua en la boca, hasta la garganta. Me acerco a su oído y le susurro: ‘cochino’, y él me babea en el mío:’puta’, le sonrío con dulzura, pensando: ‘no sabes cuánto’, y me marcho a la cocina. Me quedo apoyada en la encimera de mármol, pensativa, mordiéndome las uñas, son los nervios que no me dejan.</p>
<p>Quiero quedarme con cada detalle, con cada sensación para después hacer partícipe de todas ellas a mi querido Amo, a mi Dueño, a mi Adquisidor. Todo esto es por él, y por mí supongo, porque tengo ambiciones, soy una perra un poco ambiciosa, pero eso no es nuevo, él ya lo sabe. Ignoro si le molesta, y es que quiero ser la mejor para mi Amo, y por eso me esfuerzo, para que me pasee por la calle como su perra, y se sienta orgulloso de llevarme atada y sumisa, a su lado, maravillosamente adiestrada por él. Ruge de nuevo el salón, salgo frenética de la cocina, no voy a ser tan afortunada, me digo, pero enseguida compruebo que ha vuelto a subir el marcador, río a carcajadas, y esta vez soy yo quien voy a mi hombre y le como la boca, le lamo la lengua y se la muerdo, él me coge el culo y me lo pellizca. Cuando me quiero dar cuenta ya estoy encerrada otra vez en el baño. Me tapo la boca con mis braguitas, me echo sobre el lavabo y me miro al espejo, ‘soy tuya Amo, tu puta’, gimo sin parar mientras observo cómo mis pezones se hinchan y se ponen duros, y entonces me toco, me masturbo con violencia, gozando cada contracción, entregándome a mi Amo, satisfaciéndole para sentirme más y más dócil, más servicial, más puta, más perra para él. Me alivia el orgasmo, ha sido obsceno y corto pero intenso, el más intenso de todos. El mejor.</p>
<p>Todavía me tiembla todo el cuerpo. ‘Amoooooooo’, acabo expirando sin aliento, y me dejo caer en el suelo. Me lavo las manos. Estoy sudorosa. Me arreglo el pelo y me retoco el maquillaje, nada más, y bajo sucia, oliendo a sexo, sintiéndome libre y pecaminosa. Cuando llego al salón la euforia ya se ha calmado. Me planto delante de los hombres y mirándoles a los ojos, desafiante, como ordena mi Amo, les ofrezco helado. Me siento una diosa. Todos me miran, ni uno solo es capaz de obviar mi presencia, y aceptan mi ofrecimiento, cogen de mi helado como si con ello me tomaran a mí. Me desean, y eso hace que me palpite el coño.</p>
<p>Me tengo que volver para no reírme lascivamente en sus caras. Me gusta demasiado esto. Debo estar convirtiéndome en una puta de cuidado. Y qué gusto ir sin bragas. Me provoca sentarme frente a ellos y abierta de piernas conversar de trabajo, de política, de algo que les haga entender que este coño caliente que tengo, también piensa, y que mi hombre me vea, y ronee de mí, de la pedazo de puta que tiene por mujer, y no esas bobas con risas de rata que están en el jardín hablando del fenómeno ‘Esteban’. Todavía me regodeaba en mis pensamientos cuando de nuevo oigo gritar: ¡GOL! No me lo puedo creer. ¿Qué debo hacer ahora? Mi Amo no me dio indicaciones para esta variante. No pasa nada, sé improvisar.</p>
<p>Los hombres disfrutan enloquecidos, y yo: sibilina, busco hueco en el sofá, me deslizo entre ellos, rozándome con todos, pero sin perder las formas, como una perra refinada y retorcida que disfruta su sexualidad con inteligencia. ‘Soy tuya Amo, mírame’, voy diciendo en voz baja con atrevimiento, mientras me refriego con todos ellos. ¿Me habrá oído alguno? Y vuelvo a tocarme, esta vez delante de todos, con cuidado pero sin miedo mi mano me da placer debajo de un cojín. Mi cara de cínica, de viciosa, debe estar alertando a mi hombre porque se arrima a mí y me dice al oído: ‘qué sexy estás esta noche’, ‘mi hembra nos trajo suerte’. Yo no digo nada, pero pienso: ‘me voy a correr en la cara de todos y no os dais cuenta’. Solo mi Amo, al que veo en mi imaginación, me observa, me alienta y me dice que continúe: PERRA, AHORA VAS A GRITAR PARA MI, CADA SUSPIRO ES MÍO PUTA, TE VOY A REVENTAR, QUIERO CASTIGARTE Y NO SÉ POR QUÉ NI CÓMO LO HARÉ, PERO DISFRUTA AHORA PUTITA MÍA, QUE LUEGO LLORARÁS. No sé por qué me dice eso, ¿qué estará ideando? ¿Acaso hice mal masturbándome de nuevo?</p>
<p>Me corro rodeada de hombres. Uno de ellos me tira una cerveza encima. Uff, hay demasiada tensión aquí. Subo a cambiarme. Mi hombre me sigue. Me tira en la cama, bocabajo, me tapa la boca con la mano, y me busca el sexo debajo de la falda.<br />
¡¡¡¿Vas sin bragas?!!!, me dice, ¿pero estás loca? Intento explicarle, excusarme de alguna manera, pero no me deja hablar, me ha girado, me ha puesto la almohada en la boca.</p>
<p>¡Qué putaaa!, me dice a la cara, y entonces me penetra.</p>
<p>Hemos follado, y le he pedido que me pegue por ir sin bragas, por mi descuido y por ser tan guarra. Lo ha hecho, me ha dejado señalado el culo, y los muslos. Después me ha dicho ‘baja conmigo, nena, luego te aseas’. Y hemos bajado y despedido a los invitados. Ellas me han mirado de una forma rara, pero no me interesa en absoluto lo que piensen de mí. Ellos me han besado. Alguno hasta me pasó la mano por la cintura, y uno me dijo al oído: ‘ni se te ocurra no sentarte con nosotros en el próximo partido’.</p>
<p>Se ha quedado la casa en silencio. Y yo me he metido en la ducha, y antes de nada, le he dicho a mi Amo: ‘aquí está tu puta, haz uso de ella si te apetece’.</p>
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		<title>Chica peluda es atada y torturada</title>
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		<pubDate>Sun, 14 Mar 2010 14:42:51 +0000</pubDate>
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		<title>El sado responde a una unica ecuacion: placer+dolor</title>
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		<pubDate>Fri, 12 Mar 2010 15:26:32 +0000</pubDate>
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		<title>La Elecución de Elena</title>
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		<pubDate>Thu, 11 Mar 2010 15:05:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Elena quiere creer que sólo va a ser una perfomance muy real, pero deberá afrontar desnuda su ejecución en la horca&#8230; e intentar sobrevivir. Éste es su relato a una íntima amiga.
(Hola a todas/todos, es mi primer relato y es prácticamente -con algún adorno- mi experiencia personal. Besos&#8230;.)
Hola, Maribel.
Gracias por todo tu apoyo, sin él [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Elena quiere creer que sólo va a ser una perfomance muy real, pero deberá afrontar desnuda su ejecución en la horca&#8230; e intentar sobrevivir. Éste es su relato a una íntima amiga.</p>
<p>(Hola a todas/todos, es mi primer relato y es prácticamente -con algún adorno- mi experiencia personal. Besos&#8230;.)<br />
Hola, Maribel.</p>
<p>Gracias por todo tu apoyo, sin él no hubiera podido salir adelante aquella noche del Año Nuevo. Voy a tratarte de explicar todo con detalles que aún tengo frescos en mi memoria. Considero que te lo debo: es la historia de una mujer asustada y sumisa hasta el final, pero con orgullo desafiante. Te explicaré todo lo que allí me sucedió… y lo que me deparará el futuro con toda probabilidad, al final lo leerás.</p>
<p>Salí de casa sobre las 11 de la noche, tras dejar a mis nenas, a mis dos soletes, en casa de mi madre. No sabes el hartón de llorar que me hice al dejarlas allí, tenía la certeza que nunca más las volvería a ver. Y es que durante toda la semana previa a la ceremonia, mi marido me hizo firmar papeles notariales, cuentas bancarias, declaraciones juradas, poderes personales, escrituras de propiedad, etc. ‘por precaución por si alguna cosa salía mal, pero que no me preocupara en exceso ni que pensara mucho en lo que estaba por venir, aunque iba a ser muy duro y penoso’</p>
<p>También mantuvo relaciones conmigo a diario, furiosamente, como si fuera el preludio de mi despedida y según decía ‘para satisfacerme y tranquilizarme’. Usó y llenó todos mis orificios, me masajeó de lo lindo y me dominó con fuerza y sin concesiones. Pero precisamente este uso sexual tan intensivo y placentero de mi cuerpo más todo el papeleo que te he comentado, disparó todas mis sospechas sobre lo que me podía esperar realmente.</p>
<p>Como vestimenta sólo llevaba encima un mini azul brillante, muy ajustado, sin ropa interior ni nada debajo, aparte de mi abrigo y unos zapatos altos de plataforma plateados. Iba como me lo habían impuesto. Tampoco llevaba joyas ni adornos, mi marido insistió en que no debía llevar ningún detalle ‘que pudiera identificarme después’. Agarraba bien las solapas del abrigo porque si se abriera, el mini apenas cubriría mi desnudez, pese a que a mi marido le excitaba la idea de mostrarme tan provocativa.</p>
<p>Cuando llegué a la mansión, me recibieron como a una heroína, pero yo aparte de estar blanca y asustadísima a pesar del maquillaje, estaba avergonzada porque con el mini y las plataformas parecía una prostituta (que creo que es lo que querían) y como soy tetona, debía subirme el escote continuamente. Las mujeres alabaron la sencillez y sensualidad del conjunto, y alguno de los hombres comentó sin ambages que era una excelente ‘profesional’</p>
<p>Y como tengo las piernas largas y musculadas por años de natación, se debía ver todo por debajo también, porque el mini iba cortito, por eso me lo regaló mi marido por Navidad: ya estaba todo preparado y pensado, estoy convencida, para preparar una atmósfera excitante y propicia y hacerme aparecer como la víctima ideal, vestida sexy y atractiva, para posteriormente verme desnuda, sometida y resignada a mi destino. Nada más sensual que el cuerpo desnudo y castigado de una sumisa…..</p>
<p><span id="more-817"></span>Como madura mujer cuarentona (46 años encima ya), no estaba nada mal, lo sé y ellos también lo sabían, y buscaban una mujer voluptuosa y sensual para la ceremonia. Y también les excitaba verme asustada y temerosa, reflejándose en mi cara la angustia de imaginarme mi próxima ejecución y el final de mi carrera de sumisa, de esposa, de madre.</p>
<p>Cenamos, y yo bebí mucha agua (unos 3-4 litros), la mujer del grupo que era médico, me dijo que debía hacerlo para orinar el máximo posible mientras estuviera colgada durante mi ejecución, a fin de mantener el sistema excretor en marcha ante la falta de aire que me esperaba, para aliviar la tensión y para perder algo de peso (cada gramo marcaría la diferencia). Además, orinar me relajaría mucho.</p>
<p>Me fijé en el trato que esta mujer me daba, distante y hostil, como si fuera mi rival. Es una mujer guapísima, rubia, alta y esbelta, de ojos azules y con gafas minimalistas que le daban un aire superior, altivo e inteligente. Llevaba un vestido negro brillante, largo, con tiras, un escote por la espalda que le llegaba a la cintura y que le realzaba su larga y hermosa cabellera, que la caía por detrás como una cascada de fuego dorado.</p>
<p>Noté que mi marido no le quitaba ojo de encima en todo el rato. Y es que yo, que estaba sentada al lado de ella, debía parecer una vulgar ramera comparada con ella. Además bastante apuro pasaba para evitar que los pechos se me salieran del mini, los hombres me miraban excitados y las mujeres con aire entre divertido y lascivo, y algunas con pena en sus miradas, como si fuera una despedida; esto me alarmó mucho.</p>
<p>Cumplí la promesa que te hice y no bebí gota de alcohol para estar en forma y consciente, a pesar del miedo que llevaba encima. Además no quería hacer pasar vergüenza a mi marido ni pasarla yo y que me vieran como una borracha cobarde. Tampoco comí casi nada por no irme del cuerpo de puro miedo y pasar vergüenza ante todos, en los momentos críticos cuando que me situarían en el patíbulo y en el clímax de mi ejecución, justo en el momento culminante en que debería terminar el rito programado.</p>
<p>Celebramos las uvas y el cambio del Año Nuevo (yo poca cosa tenía para celebrar, estaba muerta de angustia), pero empezamos la ceremonia ritual de la aplicación de mi sentencia a la horca enseguida, porque la hora fijada para mi ejecución era la una, como sabes bien, y el horario se debía cumplir estrictamente, ya que según la doctora, en caso de desenlace desfavorable se necesitaría tiempo para disponer el destino de mi cuerpo: lavado, traslado, sepelio o incineración, etc.</p>
<p>En el comedor mismo, me obligaron a desnudarme; todos los demás (cinco parejas contándonos a nosotros dos, de las cuales tres estaban casadas y dos libres, pero yo como única sumisa) también lo hicieron pero vistieron una especie de capas rojas abiertas por delante, pero sin nada debajo, y máscaras del mismo color cada persona, excepto un varón robusto y alto, muy guapo, que llevaba una máscara negra e iba completamente desnudo.</p>
<p>Me dijeron que actuaría de verdugo, que me conduciría desnuda a la horca y que debería asegurarse del cumplimiento íntegro del tiempo fijado, y anunciar el final de la ejecución en un sentido….. u otro. Una mujer me dijo que como era muy fuerte, descendería mi cuerpo de la soga una vez finalizada la ceremonia. Pero lo dijo como si mi cuerpo ya no estuviera con vida al final del ritual.</p>
<p>La médico también me tomo la tensión y me auscultó, pero dijo que estaría colgada los 31 minutos estipulados aunque fuera ‘hasta el final’…. Yo estaba desesperada porque siempre tuve la sensación de que aquello era una perfomance, sí, pero que si se convertía finalmente en una ejecución real, quizá era lo que deseaba íntimamente toda aquella gente en su interior, y más considerando todos los comentarios y alusiones que iba oyendo.</p>
<p>Dictaminó que estaba muy sana y perfectamente capacitada para que me fuera aplicado el castigo capital ‘en su totalidad, sin interrupciones’, y sacó de su maletín un inyectable. Le pregunté si era un tranquilizante y me contestó que era un potentísimo estimulante sexual. Según ella, era ‘una dosis de caballo’ y que provocaría que estuviese muy sensibilizada y excitadísima sexualmente: ello sustituiría los nervios, la angustia y el terror propios de una condenada durante su ejecución, y facilitaría mi dominio y sumisión para llevar ‘a buen puerto el evento hasta su correcto final’, según dijo…..</p>
<p>También me pesó con una báscula que trajeron del baño, según ella era muy importante para calcular bien la caída por la trampilla del patíbulo para no dañar mis vértebras cervicales, ni originar daños inmediatos, pero imprescindible para garantizar una lenta y penosa agonía por asfixia lenta, y prolongar al máximo mi sufrimiento ‘y la calidad del espectáculo sexual’, según afirmo. Le pasó el dato al verdugo, que afirmó que visto mi peso y constitución corporal, y sobre todo mi tipo y mis atributos sexuales, sería aceptable y deseable la máxima caída posible para aumentar la expectación y la estimulación del público. Noté un nudo en el estómago.</p>
<p>Dos de las mujeres me aceitaron el cuerpo, para darle un efecto ‘mojado’ masajeándolo con fuerza, por todas partes (incluido mi sexo rasurado para más apuro mío). Se cebaron en mis pechos y nalgas, para entonces vi que todos los hombres tenían unas erecciones enormes, se frotaban y maceraban sus penes y las mujeres estaban excitadísimas, los labios entreabiertos y húmedos y la respiración acelerada; yo misma lo hubiera estado de no ser por el miedo que tenía.<br />
Me maniataron las manos detrás con finas tiras de cuero negro, y ajustaron una atadura también de cuero negro a nivel de los codos, tensando los brazos hacia atrás, con la cual cosa mis pechos grandes aún resaltaron más, según me dijeron de forma burlona y despreciativa: oía ‘tetuda’, ‘vaya melones’, ‘verás como se bambolean y bailan’ y risitas y alusiones todo el rato, sobre todo de la médico y el resto de mujeres, para humillarme y avergonzarme y supongo que por envidia (era la más tetona de todas).</p>
<p>Me fijé sobre todo en cómo me miraban los hombres del grupo, mi marido incluido. Recordé las veces en que íbamos a una playa nudista y me obligaba a broncearme los pechos y el cuerpo con aceite solar, me hacía entrar en el agua y remojarme los senos a la vista de todos, de cara a playa, y siempre cuando volvía a mi toalla, había hombres que debían darse la vuelta para ocultar sus erecciones en la arena o en sus toallas, ante las miradas de rabia de sus mujeres (que les cacheteaban a ellos el trasero indignadas), y me deseaban lo peor en sus rostros llenos de envidia y celos.</p>
<p>Llegó la hora de bajar a la cámara de ejecución, se formó la comitiva liderada por el verdugo, que se frotaba su falo sin disimular, ni dejar de mirar mis pechos con deseo. Bajamos lentamente al sótano, donde sabía que había una especie de cava antigua, de piedra, iluminada de forma indirecta y tenue y donde me dijo mi marido que se había emplazado el instrumental para aplicarme el ‘castigo definitivo’. Que él mismo, mi amo y esposo, dijera estas palabras me heló el corazón.</p>
<p>Delante iba el verdugo, me llevaban de los brazos las dos mujeres que me aceitaron, detrás venía la doctora, por si desfallecía y debía reanimarme durante el trayecto, y luego los otros hombres, incluido mi esposo. Las mujeres que me sujetaban por los brazos, me susurraban palabras de ánimo, deseando que aguantara y mostrara dignidad y valor ante la muerte, que estaba muy hermosa y sensual, que mi ejecución sería recordada por su voluptuosidad y cosas así, que me generaban miedo y placer a la vez.</p>
<p>El roce con el suave raso de sus capas pero sobre todo el de sus muslos a cada escalón, más el efecto cada vez más evidente y potente del afrodisíaco, provocaban que cada vez estuviera más excitada. A cada paso de bajada, mis pechos rebotaban y se cimbreaban, cada vez estaban más hinchados y mis pezones los notaba duros como rocas. Jadeaba casi de placer. Las mujeres guardianas, que lo notaban, me acariciaban disimuladamente mis senos, aumentando mi excitación y mi deseo.</p>
<p>Además, la escalera era muy empinada, y ello provocaba que con mis altas plataformas destalonadas, tuviera que cimbrear las caderas, y esforzarme a cada escalón, con lo que el sexo se entreabría y el roce con la cara interna de mis muslos me enardecía e inflamaba mis zonas genitales. Estaba húmeda y ansiosa pero aún sentía temor y mi corazón latía desbocado.</p>
<p>Uno de los hombres llevaba una cámara con trípode para grabarlo todo, y oía como decía (para mayor terror mío) cosas de cómo disponer de mi martirizado cuerpo desnudo tras la ejecución, lo hermosa que estaría durante y sobre todo después del proceso de aplicación de la pena capital y cosas así. No sabía si hablaban de usarme tras la ceremonia o de sobre cómo deshacerse de mi pobre cadáver…..</p>
<p>No perdía la esperanza de que al final todo fuera un juego y acabara en una violación masiva, integral y colectiva, donde yo fuera la victima y el objeto sexual. Aunque no había sido penetrada por otro hombre más que el mío en muchos años, ya desde mi noviazgo y mi feliz matrimonio, ansiaba que todo el ritual fuera solamente el preludio de mi utilización como esclava sexual y ser objeto de múltiples y violentas penetraciones vaginales, anales y bucales y cunnilingus, así como felaciones forzadas e ingestas de esperma, y no fuera la puesta en escena verídica de mi sentencia de muerte.</p>
<p>Llegamos ante la pesada puerta de madera, que abrió el verdugo. Observé el interior de la cámara de mi suplicio. Había una alfombra roja en el suelo, a lo largo de la cava: parecía como si todo estuviera preparado para una boda, pero yo sabía que era para una cita con la macabra ceremonia de mi tormento y castigo que quizá conduciría a mi final. Había velas que iluminaban tenuemente la estancia, emitiendo un agradable y excitante aroma, y otras velas rojizas al lado de la mullida alfombra, ribeteando el camino hacia el lugar de mi suplicio.</p>
<p>Ví que en la cava, había unos asientos para los asistentes, pero caí de rodillas, de miedo, al fijarme en el patíbulo: una alta plataforma de madera con una escalerilla delantera adosada para subir, y el travesaño de la horca sobre pilares, todo ello de madera barnizada, con un nudo corredizo grueso de cáñamo blanco ribeteado de negro colgando en el centro, meciéndose suavemente, sobre la trampilla sonde me situarían.</p>
<p>Me eché a llorar histérica y desolada al ver que al lado del patíbulo había un sencillo ataúd abierto de madera de pino sobre unos caballetes, la tapa llevada rotulada una pequeña inscripción con pintura negra estarcida, y decía: ‘Elena – Sumisa / Fecha Ejecución 01-01-2010’. No sabes qué horror sentí al imaginar mi cuerpo desnudo, yaciendo inmóvil en aquella caja tras mi larga, dolorosa y penosa ejecución, expuesto y profanado, a la vista de los participantes en la ceremonia.</p>
<p>Se me corrió el maquillaje en las mejillas por las lágrimas, y supliqué, pero me obligaron a levantarme, aunque yo estaba como anclada en la alfombra roja. Me dijeron serios y amenazantes que debía cumplir con mi obligación y compromiso. Las mujeres guardianas me intentaron levantar, estirándome, animándome y acariciándome con sensualidad y cariño, pero yo estaba demasiado aterrorizada: las piernas no me sostenían. Era como una adolescente asustada.</p>
<p>Me dirigí a la doctora pidiéndole apoyo, pero ella afirmó que aunque ella estaría allí, sólo se limitaría a certificar el final de la ejecución ‘en caso adverso’ y colaborar en disponer del cuerpo (‘de la carcasa’, dijo, para humillarme más). Lo peor fue su mirada fría y helada: supe que ella quería completar mi ejecución, era su deseo más íntimo y cruel. En ella no encontraría compasión ni consuelo, sólo veía placer ante mi padecimiento y la máxima satisfacción cuando contemplara mi bello cuerpo ejecutado.</p>
<p>Tomé aire, pensé en mis nenas, pensé en ti, en las largas tardes hablando contigo y exponiendo nuestros más íntimos secretos y deseos, y me levanté, sacando fuerzas de flaqueza. La vejiga me presionaba el bajo vientre, necesitaba miccionar. Hice un último intento de dilatar el momento del inicio de la ejecución pidiendo por favor ir al lavabo a aliviarme, pero los hombres, incluido mi marido, más la doctora y la otra mujer, una pelirroja muy sexual, negaron severamente. Sólo las otras dos mujeres vacilaron un momento, pero nada dijeron a mi favor. Bajaron la mirada.</p>
<p>El verdugo ya había subido a la plataforma y me esperaba con los brazos cruzados, desnudo, musculoso y empalmado: el miembro le latía excitado en una erección considerable. Las guardianas me empujaron suavemente la espalda y una me dio un leve y sensual cachete en las nalgas para que reaccionara, y avancé empezando a subir los elevados peldaños. A pesar de todo, no pude evitar tener una punzada de placer sexual.</p>
<p>Lo peor fue subir sola por la escalerilla, iba abandonada y asustada; era consciente que meneaba eróticamente las caderas a cada escalón y oía los murmullos de excitación de todos. Viéndome en perspectiva por detrás, sabía que mis pechos debían asomar globulosos por los lados del tronco, moviéndose excitante y voluptuosamente a cada peldaño. Mi piel bronceada por el sol, ligeramente tostada, relucía a la luz de las velas, y el aceite corporal que me untaba, reflejaba eróticos destellos.</p>
<p>No sé de donde saqué las fuerzas para no caer, ya que me sentía moralmente quebrada y sin posibilidad de recibir un indulto de última hora. Supongo la resistencia la saqué que de mi orgullo de sumisa condenada a muerte, al ofrecerles la exhibición de mi bello cuerpo expuesto y el placer de mi sexual desnudez antes de mi sacrificio en la horca. Como mujer, era mi momento culminante.</p>
<p>Olía el olor de la madera recién trabajada, del olor intenso a cáñamo nuevo del nudo corredizo, del aceite oloroso que recubría mi piel, de mi perfume en mis cabellos, del olor anejo y a moho de la cava, del olor penetrante y excitante a sándalo de las velas, y del suave olor de mi sudor mezclado con el aroma intenso de mi sexo, que a pesar de todo seguía húmedo y lubricado por el afrodisíaco que aún actuaba. Trataba de fijar estos últimos olores antes del inicio del ritual. Olía también mi propio miedo….</p>
<p>Oía el crujido de los peldaños de madera de la escalera mientras presionaba con mis incómodas plataformas al subir lentamente y con precaución, los susurros de grato asombro y placer del público ante mi dificultosa pero sensual ascensión al patíbulo, viendo mi sexo húmedo y entreabierto y mi ano dilatándose cada vez más, y la incitante contracción y flexión de los músculos de mis muslos bien torneados, y el estremecimiento de mis hombros al intentar retener mis imparables y quedos sollozos.</p>
<p>Fui consciente de los jadeos de impaciencia del verdugo, ansioso de recibirme, de la risa entre sarcástica y excitada de la doctora, de los gemidos del resto de las mujeres y de las interjecciones obscenas de los varones, pero sobre todo la voz de aprobación de mi marido, de ver a su hermosa mujer afrontando su destino con valor. Experimenté un legitimo orgullo.</p>
<p>Cuando estuve arriba, el verdugo me cogió suavemente por los hombros, me posicionó sobre la trampilla, con bisagras en su parte posterior y anclada en sus dos laterales, y que se abriría dejando el frontal expedito para que el público pudiera contemplarme en todo mi esplendor y no se perdiera ningún detalle ni instante de la ejecución, desde el abrupto y violento inicio, durante el largo, duro y angustioso proceso, y hasta la conclusión de la misma, estando yo definitivamente laxa y exánime.</p>
<p>Me explicó que la palanca que había al lado de la trampilla liberaría los anclajes de los laterales de la misma, y él la accionaría a la una en punto, faltaban ya sólo diez minutos. El nudo corredizo estaba ante mí a la altura de mi vientre, y me explicó que esa distancia entre mi cabeza y el vientre era que la marcaría el nivel máximo de mi caída para garantizar una ejecución prolongada, dolorosísima, lenta y esforzada para mí, pero sobre todo, enormemente excitante e innovadora para los asistentes.</p>
<p>Me comentó que mis pies quedarían casi al nivel del suelo, con lo cual se podría acceder fácilmente a mis zonas erógenas: nalgas, pezones y pechos, y genitales para su manipulación, excitación, uso, castigo, etc. También permitiría la perfecta observación de mi cuerpo desnudo por parte del público durante el proceso de ejecución, así como el fácil manejo del mismo, para su descenso y traslado por parte del verdugo al cercano ataúd, que me aguardaba y donde depositaría el cadáver una vez comprobado el deceso por parte de la doctora, tras el final reglamentario de aplicación de la sentencia.</p>
<p>Todo esto lo dijo calmadamente y en voz alta, tanto para mí, que le escuchaba boquiabierta, con los ojos abiertos y dilatados, temerosa y temblando, jadeando incrédula, moviendo el pecho con algún sollozo entrecortado, y tanto como para información y disfrute del público, que me veía con placer completamente entregada, resignada y dispuesta para el inicio del castigo.</p>
<p>Tras su exposición, subieron al cadalso mi marido, con una erección enorme y las dos mujeres que me asistieron; ellas me dijeron que abriera las piernas, me inclinaron hacia delante, me sostuvieron cogiéndome por los brazos y me anunciaron a mí y al público de que se procedería a dar inicio al muy excitante espectáculo de mi última relación sexual, en este caso forzada, previa a la ejecución.</p>
<p>Yo estaba muy húmeda y lubricada en el sexo, que se entreabrió y dilató al abrirme de piernas e inclinarme hacia delante, pensaba que mi hombre me cubriría por la vagina, cosa que era lo que más deseaba en estos momentos finales pero mi marido me tomó por detrás, por el ano, y aunque yo notaba que estaba algo dilatado, no estaba preparada para una violación anal tan durísima como a la que empezó a someterme. Su miembro se abrió paso hasta el fondo, abriéndome cruelmente mi recto y llenándomelo, y empezó a moverse rítmicamente con saña, procurando hacerme el máximo daño posible, y azotándome mis nalgas con sus duras palmas. Era la penetración final, de castigo total.</p>
<p>Mi marido me lo hace a menudo de esta forma, nos gusta a ambos, con mucho lubricante, y siempre se porta bien y suavemente, pero esta vez entró con fuerza, abriéndome y haciéndome gritar de dolor, para humillarme ante todos. Su pene (muy grande, al que he amado y jugado con él tantas veces) me martilleaba y me desgarraba el ano. Sólo se había puesto un mínimo de lubricante en el glande para favorecer su entrada en mi recto, pero era insuficiente para aliviar mi intensísimo y punzante dolor.</p>
<p>Al inclinarme hacia delante, mis grandes pechos habían quedado caídos y fláccidos, más hinchados que de costumbre, con los pezones apuntando al suelo, que latían rítmicamente por efecto de la excitación artificial del afrodisíaco, pero con los movimientos violentos de la salvaje penetración, se bamboleaban adelante y detrás con fuerza, golpeándose entre ellos.</p>
<p>Lloré de tristeza recordando las veces en que me penetraba así, a cuatro patas, con suavidad, acariciándome y subiéndome los pechos, susurrándome palabras dulces y excitantes, entrándome con cuidado y amor. Ahora se limitaba sólo a violarme, rápida y eficazmente, sin ningún atisbo de ternura: sólo me estaba usando, agarrando mis caderas y manoseando salvajemente mis nalgas y mi espalda.</p>
<p>Yo tenía la soga justo delante de mi cara, olía su excitante aroma, me rozaba y a través del círculo del nudo, cuando abría los ojos, contemplaba avergonzada entre mis lágrimas la expresión extasiada del resto de los asistentes, la mirada de triunfo de la doctora, y vi a la otra mujer, la pelirroja sensual, que se había desnudado completamente, acuclillada ante su hombre, practicándole una intensa felación hasta el final. Me fijé que acabó ingiriendo completamente el esperma de su hombre, que gritaba desaforadamente de placer, sobre todo porque me veía llorar como a una niña herida y asustada.</p>
<p>Las mujeres que me sostenían, me internaban animar en medio de mis gritos de dolor, susurrándome que aprovechara el máximo la sensación y que recordara cada momento, ello sería útil y me aliviaría durante la ejecución, y me recomendaban sin parar que apretara el ano fuerte para conseguir la eyaculación de mi macho y acelerar así su orgasmo. Una de ellas me musitaba palabras cariñosas y de elogio al oído, y la otra me estiraba suavemente los pezones para intentar también conseguir mi satisfacción sexual, que a pesar de su noble intento no llegaba. Sólo había sufrimiento, asco y vergüenza: ahora sí que me sentía como una auténtica prostituta de un solo uso y desechable.</p>
<p>Cuando mi marido terminó, se corrió dentro de mí, noté su pene hinchado latiendo y expulsando mares de semen muy caliente; luego se retiró sin despedirse ni animarme, ni mirarme siquiera (eso me partió el corazón). Las dos ayudantes me animaron con un pequeño apretón en mis brazos y una mirada de apoyo y conmiseración, y luego bajaron todos menos el verdugo: ya era casi la una de la noche, la ejecución iba a dar comienzo, pero yo ya estaba muerta síquicamente.</p>
<p>El verdugo se acercó, me ajustó la posición casi con cariño cogiéndome suavemente por la cintura con sus manos ardientes (por un instante tuve un intenso ramalazo de placer) mientras me aleccionaba diciendo ‘los pies bien juntos en el centro de la trampilla, la cabeza alta y erguida y el cuerpo un poco arqueado hacia atrás para realzar tus bellas tetas, hermosa princesa mía’, cosa que hice corrigiendo mi postura, mientras le miraba a los ojos con dulzura y le musité bajito ‘gracias’. Me miró con respeto y mucho deseo, asintiendo levemente. No le originaba problemas ni dramas durante esos preparativos.</p>
<p>Me colocó en la cabeza una gruesa capucha de algodón negro, ya sólo vi negrura a partir de aquel instante. Noté como deslizaba la cuerda por mi cabeza, instintivamente la bajé para facilitarle la tarea. Como muestra de agradecimiento y en señal de apoyo, me colocó bien los cabellos de mi melena que sobresalían de la negra capucha a lo largo de mi espalda. Notaba la suavidad de sus dedos mientras alisaba y ordenaba mi rubio pelo sensualmente. Era todo un hombre, fuerte y viril. Y era mi ejecutor, pensé excitadita y algo enamoradita como una adolescente en su primer encuentro sexual.</p>
<p>Noté como ajustaba y ceñía al máximo el nudo a mi nuca, suficiente para evitar daños cervicales, pero no para evitar la asfixia y la muerte lenta. Capté como me rozaba intencionadamente mis prietas nalgas con su pene erguido, y mojado ya el glande con semen, al situarse a mi espalda para el ajuste final de la soga. Me estremecí de deseo animal, de placer y de temor, completamente dominada por él.</p>
<p>Respiré hondo, y expulsé el aire con un quejido, un gemido sensual y entregado, similar al que solía emitir al tener un orgasmo profundo: ya estaba preparada. El lo sabía y me dio un fuerte azote en el culo, que resonó en la sala y noté la sensación de calor en la piel donde la zona del impacto. Sin duda me habría dejado la marca con los cinco dedos. Con ello sellaba mi destino.</p>
<p>Sólo oía los jadeos y murmullos de los participantes, esperando el momento en que se abriera la trampilla. Yo temblaba, no veía nada, las lágrimas mojaban la capucha y no paraba de tener imágenes de mis hijas, y de pensar cómo serías tú, Maribel, y si estarías allí para ayudarme con tu fuerza. Recé, recé y recé, esperando un milagro e imaginando que estábamos juntas desnudas en una playa desierta, por fin conociéndonos cara a cara. Alargando las manos de una hacia las de la otra……</p>
<p>Oí como la médica confirmaba la hora de inicio al verdugo diciéndole ‘es la hora, cumple con tu deber’, él anunció en voz alta que se iniciaba la aplicación de la sentencia de muerte a la prostituta sumisa condenada. Respiró profundamente, aguardó un instante y accionó la palanca con un ‘clic’ que llegó a mi corazón. Oí el chasquido del mecanismo que liberaba los anclajes. La trampilla vibró un momento, mi corazón dio un vuelco, con la esperanza que no funcionara o se hubiera atascado.</p>
<p>Pero de inmediato se abrió violenta y bruscamente bajo mis pies, grité agudamente de terror, caí por el hueco unos instantes para mí interminables y noté como llegaba al final de la carrera con un terrible tirón. Mis pechos rebotaron, primero lanzados hacia arriba y luego cayendo con fuerza, entrechocándose. Las areolas de mis pezones se dilataron y endurecieron súbitamente, pensé que los pechos me estallarían, por la súbita presión de la irrigación sanguínea que experimentaron de golpe.</p>
<p>Noté una fuerte tensión y algo de dolor en la parte posterior de mi cuello, que se desvaneció en seguida, aunque pareció como si me explotara una luz en mi cerebro. Experimenté una tremenda contractura y espasmos musculares por efecto de la súbita frenada en mi caída. Me dolió todo el cuerpo y abrí y cerré con fuerza y desesperación los dedos de mis manos, atadas a la espalda. Las tiras de cuero negro que me inmovilizaban los brazos y las manos se tensaron y crujieron, pero no cedieron.</p>
<p>Mis esfínteres, dilatados hasta el momento por el efecto del potente afrodisíaco, se cerraron de forma automática espasmódicamente, noté mi útero comprimido y mi ano contraído dolorosamente. Pero un instante después, al relajarse por el efecto contrario, se abrieron aún más, y noté mi esfínter anal completamente dilatado, del que brotó un hilo del semen inyectado durante la larga posesión anal y fuerte eyaculación de mi hombre, goteando y empapando la cara posterior de mis muslos.</p>
<p>Mi sexo también se entreabrió de golpe tras el efecto de contracción inicial del impacto brutal de la caída, salpicando fluido vaginal en abundancia, y empapándome en seguida las piernas. Noté los labios vaginales abiertos, latiendo calientes, y el clítoris duro como una roca. Latía ferozmente y parecía a punto de explotar. El público debía de ver hasta el interior de mi sexo irritado y enrojecido.</p>
<p>La cuerda se cerró en mi cuello y empezó la asfixia lenta. En ese momento, que duró sólo unos segundos, recuerdo claramente que solamente se oyó en el silencio expectante de la sala de ejecución mi alarido de desesperación al caer libremente, el trompazo de la trampilla al golpear los travesaños de la plataforma, el chirrido reiterado de los goznes de la misma, el crujido de la cuerda al dilatarse debido al ajuste de mi peso, el ruido sordo de mis plataformas al caer al suelo al resbalar de mis pies, y mis leves gemidos al llegar al final del recorrido, que pronto se convirtieron en estertores angustiados al iniciarse mi largo martirio de falta de aire y torturante anoxia, camino ya de mi muerte….. La adrenalina bombeaba en mi organismo y mi tensión arterial debió dispararse hacia valores límite.</p>
<p>Al principio pateé, buscando un punto de apoyo para izarme, mis largos muslos se movían sin control fruto de mi desesperación. Estaba descalza al haberme salido despedidas las pesadas plataformas, sentía las piernas ligeras, pero noté con terror que a cada movimiento la cuerda se cerraba más, e intenté mantener la calma estando bien quieta y pensando en ti y tus consejos acerca de permanecer lo más inmóvil posible, mientras jadeaba y tomaba el poco aire que mi oprimida garganta permitía entrar.</p>
<p>Tensé mis músculos, alcé mi pecho, erguí la cabeza bajo la pesada capucha y junté mis piernas con fuerza, activando cada tendón disponible. Noté cómo empezaba a sudar a chorros. Oí gritos de placer y exclamaciones de satisfacción del público. Oí la voz del verdugo expresar su aprobación ante mi actitud de sumisa voluntariosa y complaciente. Me sentí como la protagonista valiente de una película.<br />
Notaba mi corazón martilleando en mi pecho, yo levantaba la cabeza presionando el nudo de la nuca (así se mantenía menos cerrado) pero cada vez estaba más agotada. Mis enormes pechos descendidos, que tanto placer habían dado y de los que me sentía orgullosa como mujer, esta vez me traicionaban, tirándome hacia abajo por gravedad y haciendo que el nudo de la soga cerrara más mi tráquea.</p>
<p>Boqueaba bajo la capucha que ya estaba empapada por la saliva que no podía tragar, y húmeda por mi sudor. Me dolían los senos hinchados, notaba mis pezones inflamados por la presión sanguínea y el esfuerzo, el sexo rasurado, entreabierto, caliente y húmedo…No pude más y me oriné abundantemente separando las piernas todo lo que pude. Oí los gritos de satisfacción y excitación del grupo, una mujer gritaba como si estuviera posesa en pleno orgasmo, y seguramente era lo que sucedía.</p>
<p>Expulsar la orina me alivió sin embargo. Cerré las piernas y me relajé (es un decir, cada vez me entraba menos aire) y seguí colgada, meciéndome suavemente, suspendida de la crujiente soga, y en medio de mi oscuridad…. Empecé a mover rítmicamente las caderas adelante y detrás, notando como mi vulva ardía de placer. El verdugo, según creí oír, anunciaba al resto del grupo que a partir de este momento se iniciaba el período de mi ejecución en que la semiinconsciencia me haría experimentar furiosas sensaciones sexuales y orgasmos intensísimos, y que mi cerebro generaría alucinaciones.</p>
<p>Al cabo de no sé cuanto (poco seguramente pero me parecía una eternidad), empecé a perder la conciencia y desfallecer, los oídos me zumbaban, veía luces de colores, tenía una sensación cálida en mi vientre (como si estuviera muy y muy excitada sexualmente). Estaba estremecida de angustia pero al mismo tiempo notaba mi sexo latiendo, imaginaba escenas eróticas y obscenas, mezclando sumisión, dolor y placer. Mi cuerpo se iba balanceando, oscilante en la soga azotado por orgasmos o eso imaginé. Mi mente alterada empezó a generar escenas atormentadas, brutales, sexuales…..</p>
<p>Escenas de sumisión como mi cruel violación colectiva por un grupo de guerreros musculosos con armaduras de piel; como mi crucifixión en las afueras de una ciudad romana, con todo mi cuerpo flagelado y violada previamente; como mi tortura sexual en un castillo medieval, en donde unos monjes me aplican en una mazmorra una pera vaginal que dilata mi sexo mientras estoy tensada y estirada al máximo en un potro de tormento, con mis generosos pechos brutalmente prensados, comprimidos e hinchados por mordazas metálicas, soportando el castigo durante horas, sin descanso alguno, mientras los monjes me requieren mi confesión de brujería, ensañándose en mis desnudeces.</p>
<p>Escenas escabrosas sobre mi muerte, como mi ejecución en la hoguera, tras mi declaración como bruja, encadenada a la estaca, desnuda y humillada a la vista de todos, untada con aceite y azufre para arder mejor cuando apliquen las llamas a la leña; como mi violación en una sórdida celda por parte de un bruto encapuchado, atada desnuda boca arriba a la plataforma de una guillotina, sabiendo que cuando el verdugo llegue al orgasmo y se corra dentro de mí, lanzándome su simiente ardiente, soltará la cuchilla y la veré caer desde lo alto, y seccionará mi fino cuello acallando mi último grito de terror.</p>
<p>Y finalmente imaginaba otras más sensuales e íntimas, mis deseos ocultos y nunca realizados: mi lengua en tu sexo, mi sexo en tu lengua, y acariciándote tus senos que imagino suaves como de terciopelo, mi amada Maribel…. Estamos juntas en un hotel de las islas griegas, bañándonos, abrazándonos desnudas en una piscina en lo alto de los acantilados, en un pequeño apartamento, que ha conocido atardeceres en que hacíamos el amor y jugábamos las dos, ávidas y lujuriosas, juntando nuestros pechos con fuerza y finalmente nos dormíamos entrelazadas, con los cuerpos empapados de sudor y fluidos sexuales. Ya no había más dolor, ni castigo, ni ejecución: desaparecían con tu recuerdo.</p>
<p>Pero mientras tanto, mi ejecución seguía su curso fijado, era totalmente real e imparable. Notaba el semen de mi hombre resbalando cálido y acuoso por los muslos, también me notaba mojada en el sexo y la entrepierna, por la orina y por el abundante fluido vaginal (la doctora me había advertido que eso podría pasar y que seguramente experimentaría orgasmos forzados por la constricción sanguínea y que la caída de flujo por mis piernas sería imparable) Notaba el goteo incesante desde los dedos de mis pies al cercano suelo. Mi sentido hipersensibilizado del oído lo captaba con morbosa claridad.</p>
<p>Mientras me iba yendo lenta pero inevitablemente , noté como me auscultaban el pecho, y oí como decía la doctora ‘aún sigue con vida, desafortunadamente, aunque no obstante, el corazón le late rápida y descompasadamente, por lo que el final exitoso de la ejecución está sin duda al caer….’. Creo que volví a orinarme a chorros y noté medio inconsciente cómo me separaban las piernas y las ataban por los tobillos, dejándome abierta de piernas, expuesta, entregada, humillada y explotada como simple y vulgar objeto sexual. Alguien, un hombre, dijo que ahora estaba más hermosa que nunca.</p>
<p>Alguien me manipuló el sexo metiéndome los dedos, dilatándolos en mi vagina, lo que provocó una reacción mía automática de fuerte contracción de las paredes vaginales alrededor de los dedos. Siguieron acariciándome la vulva, estirándome los labios mayores y menores y pellizcándome el exageradamente inflamado e hinchado clítoris. Ese alguien, a continuación me comprimió los hinchados pezones, me estrujó y masajeó con fuerza los senos: creo que tuve algo parecido a un nuevo orgasmo, primitivo e intenso. Deseé que fuera el atento y amable verdugo, sería mi regalo para él.</p>
<p>Aún colgada y casi ya finalmente ejecutada, me estremecí en medio de fuertes sacudidas. Me contorsionaba arqueando el cuerpo, intentando abrir al máximo mis piernas atadas, movía mis caderas rítmicamente. Alguien se reía, diciendo: ‘mira los melones, como le bailan…’ Era cierto, notaba mis pechos bailoteando en una especie de acto ritual, previo al final de mi ejecución, cuando ya quedarían inmóviles y fláccidos finalmente….. Mi boca estaba completamente abierta, jadeando, y tensaba el tejido de la capucha, que debía marcar visiblemente mis facciones angustiadas y agonizantes ante la satisfacción del público. Mis ojos también estaban desorbitados, lo debían notar seguro.</p>
<p>La asfixia era ya intensa, los cambios corporales y hormonales se precipitaban ante el colapso final de mi torturado organismo y la cercana proximidad de la inminente y certera muerte acabó de hinchar totalmente mis pechos (los notaba enormes y pesadísimos, la acumulación de sangre debía ser tremenda) y aceleró el proceso de expandir del todo los esfínteres, dejando mi sexo y mi ano completamente separados y abiertos, palpitando de forma violenta, goteando líquidos corporales y fluidos sexuales, una mezcla de jugos míos y de los de mi hombre.</p>
<p>Al dilatar tanto y relajar mi musculatura, volví a vaciar mi vejiga con fuerza y creí oír gritos y aplausos de nuevo, mientras alguien (el verdugo, supongo) me magreaba las nalgas y me las separaba por detrás abriéndome el ano con los pulgares. Los restos de esperma de mi marido acabaron de salir, goteando por mi dilatado esfínter anal, y cayendo al suelo junto con mis jugos vaginales y la orina expulsada. Debía de haber un extenso charco de líquidos en el suelo, bajo el cadalso.</p>
<p>Noté el impacto de un chorro de semen caliente salpicando en las nalgas y introduciéndose parte de él en mi recto. Sonreí bajo la capucha, medio ida ya, y en mi semiinconsciencia pensé tontamente que el verdugo era un hombre generoso al reponerme el esperma momentos antes de mi final, para que pudiera despedirme del mundo regada e inundada en semen. En mi delirio pensé que eso me haría quedar hermosa y atractiva en mi ataúd, todos me verían como una hembra sensual que provocaba orgasmos a los hombres. Seguro que mi expresión dentro de la caja de madera sería de satisfacción, con una plácida sonrisa luciendo en mi faz, sobre mis pechos generosos, caídos a cada lado del cuerpo.</p>
<p>Oí la voz de la doctora dando una orden con voz tajante: ‘abrid más sus piernas al máximo ya’. Noté como tensaban más las ataduras que retenían mis tobillos, abriéndome los muslos al límite y descendiendo unos centímetros mi cuerpo desnudo, tan martirizado ya. Ello trajo como consecuencia que la soga se cerrara más sobre mi cuello, finalizando prácticamente la escasa entrada de aire por mi garganta, que hasta ahora estaba en unos mínimos. Era sin duda una maniobra para impedirme completamente la respiración y ayudarme a morir y terminar la ejecución satisfactoriamente y con un sello de calidad excitante y sensual.</p>
<p>Recordé que en la cena, la doctora me dijo burlonamente que eso sería lo que harían cuando vieran que sólo me quedaban unos instantes de vida antes de fallecer: para que muriera con un último orgasmo y abierta de piernas a la vista de todos, ‘como debe dejar este mundo una vulgar sumi’, dijo con desprecio (toda mi desgraciada vida he acabado abierta de piernas de un modo u otro, Marisa). Además se vanagloriaba que sería ella la que ordenaría esta última fase de la ejecución para garantizar la certeza de la muerte de ‘esa meretriz viciosa y sucia buscona tetuda, que tiene un marido que no se lo merece’.</p>
<p>Esto me dio las últimas fuerzas, recuperé algo de conciencia y me centré: pensé en mis nenitas, en sus risas y sus cabelleras rubias al sol, pensé en ti, en los momentos buenos, en los sensuales mails que hemos leído una y mil veces, en las veces en que nos masturbamos juntas chateando ante las pantallas de nuestros ordenadores, y cogí fuerzas de no sé dónde. Me icé esforzadamente sobre mis piernas abiertas y atadas, como apoyo, eché la cabeza hacia atrás de nuevo, presionando el nudo corredizo y aguanté unos momentos más con el cuerpo tensado como un arco. Oí gritos de ánimo y algún aplauso.</p>
<p>Y oí alguna exclamación de contrariedad de una voz femenina, que creí reconocer, ya que alguien veía con frustración cómo mi cuerpo desnudo pasaba de estremecerse con los estertores, calambres, contracciones sin control y espasmos finales que marcaban el inicio de la agonía clínica irreversible a una actitud de heroica resistencia numantina. Roncaba jadeante bajo la capucha, aspirando un mínimo de aire, insuficiente a todas luces y próxima ya al colapso y a punto de dejarme caer, abandonada y rendida definitivamente. Había hecho lo que pude, estaba orgullosa, excitada y lista para partir.</p>
<p>Estaba temblando completamente en tensión cuando oí que el verdugo: ‘se ha cumplido el tiempo’. Me ciñeron por los brazos, me levantaron y retiraron el nudo, me sacaron la capucha, jadeé angustiada y tomé una gran bocanada de aire fresco, me desataron y me reclinaron en el suelo sobre la roja alfombra. Alguien me levantó la cabeza y me dió agua muy fría, eso me alivió la dolorida garganta, y me fui serenando y cogiendo aire de nuevo. Vi caras excitadas que me rodeaban y jaleaban.</p>
<p>Oía aplausos de los participantes, mi marido me cogió en brazos como a una muñeca (en mi confusión le abrazaba agradecida, él es fuerte y varonil), subimos las escaleras abandonando la cámara de ejecución y me llevó a la ducha, entre él y una de las guardianas (que me acariciaba suave, admirada) me ducharon con agua calentita, me masajearon, me asearon y me secaron con frazadas calientes. Noté la fuerte tensión del miembro erecto de mi hombre, pero no me entró durante esa noche.</p>
<p>Me llevaron en volandas a una cama, yo estaba destrozada. La doctora vino y me inyectó un sedante (me miró de forma fulminante) y dormí sin parar hasta la mañana siguiente. Supongo que hubo jaleo en la casa porque todos andaban excitados antes, durante y tras la ceremonia, pero a mí me dejaron dormir (me lo merecía). No sé que hizo mi marido ni con quién, aunque a la mañana siguiente la médico me miraba con respeto, envidia, celos y desafío y hasta algo de odio. Prefiero no saber….</p>
<p>Cuando me desperté, fui literalmente violada por mi marido, brutalmente y sin contemplaciones, casi con desprecio, como si fuera una molestia entre él y alguien. Tardó mucho en correrse, se había puesto crema retardante: se aseguró que durara, me doliera y yo no tuviera ningún placer, ya que salía de vez en cuando, y me secaba el sexo con un kleenex para aumentar el rozamiento y mi dolor. Nos vestimos en silencio y bajamos a despedirnos de los asistentes, la gente me besaba y abrazaba como si hubiera sido una fiesta de Año Nuevo como otra.</p>
<p>Estaba en el lavabo maquillándome un poco para disimilar las ojeras y la rojez de mis ojos llorosos cuando se coló dentro la doctora, y me ordenó que me desnudara ante ella, en un último acto de dominación. Lo hice, no podía oponer resistencia a su voluntad, yo estaba rota, y ella había dirigido mi ejecución. Tenía todo el control sobre mi, era su esclava sexual, su concubina. Pidiera lo que me pidiera, yo obedecería sin resistirme. Empecé a quitarme el mini, ella me dijo ‘hazlo despacio, de forma sensual, pues es un strip-tease para mí sola’.</p>
<p>Ralenticé el movimiento, primero descubría mis grandes pechos, que rebotaron al bajar el borde superior de mi mini, deslicé lentamente el vestido por mis caderas, descubrí mi sexo, y lo hice resbalar por mis muslos, hasta que cayó a mis pies. Me ordenó que me diera la vuelta, para admirar mi trasero, Incliné las caderas con las piernas entreabiertas para recogerlo y me di la vuelta de nuevo.</p>
<p>Una vez con el mini azul, en la mano, me exigió que se lo entregara, como ‘recuerdo’. Lo olió, aspirando con fruición, y me miró con fijeza, examinándome el cuerpo. Yo por pudor, al principio me tapé los senos y el sexo, pero era una acción sin sentido, ella ya conocía mi cuerpo desnudo y al límite: bajé las manos y cerré los ojos, avergonzada. Notaba su mirada, escrutándome aprobadora e inquisitiva cada centímetro de mi piel, la oía suspirar suavemente y jadear muy quedo. Asintió fascinada con la cabeza, sonriendo dominante, como mi legítima ama que ya era desde esa noche.</p>
<p>Ella me dijo: ‘Eres muy, muy hermosa y muy sensual. Pero tu cuerpo me pertenece, lo sabes. Algún día, muy cercano, lo espero y lo deseo, completaré tu ejecución, y te examinaré a fondo, antes de depositarte en el ataúd baratucho que te espera, como te mereces. Eres solo una zorra callejera, una prostituta vulgar, y haré que afrontes tu destino inevitable. Tu cuerpo ejecutado, colgado e inmóvil en la horca, ha de ser mi regalo de bodas y el sello de alianza con mi hombre’. Dio la vuelta y desapareció de mi vida, por ahora, dejándome allí sola, desolada, llorando humillada y desnuda.</p>
<p>De vuelta ya, mi marido me dejó a mí antes en casa: como yo iba desnuda sin nada bajo el abrigo, no podía presentarme en casa de mi madre así. Mi marido me hizo salir del coche en la acera, a dos manzanas de casa, con la estricta prohibición de abrocharme el abrigo: debía ir con éste entreabierto hasta mi portal, a la vista de todos. Hay quien me vio los senos y las vergüenzas al aire y se rió, señalándome, burlándose y diciéndome groserías. Fue la última humillación. Mi esposo fue a buscar a las niñas, y volvió al cabo de un rato, mientras yo me adecentaba y vestía.</p>
<p>No sabes como qué fuerza las abracé y lloré, no paraban de decirme ‘Mami, estás muy guapa’. Estuve agarrada a ellas minutos y minutos, fue lo mejor del mundo. Pensé en ti, en decirte lo que sentí, tu fuerza, tu presencia. Gracias, Marisa. Ojalá me dejes abrazarte íntimamente tú también y acariciar tu piel lánguidamente. Ojalá me dejes probar el sabor del líquido de tu cálido y amoroso sexo abierto.</p>
<p>Mi marido, mientras las nenas estaban hoy en casa de mi madre abriendo los regalos de Reyes, me ha entregado después de una sesión integral de flagelación de castigo y una muy dura de electrotortura en los pezones y el clítoris (todo mucho más cruel de lo habitual) dos cosas: un precioso collar de oro blanco con esmeraldas engarzadas. Es un regalo de la gente de la fiesta, por mi entrega total y por mi valor, y por el episodio sexual y de castigo extremo que les ofrecí.</p>
<p>Hemos visto la grabación muchas veces, me he visto a mi misma luchando y esforzándome en la agonía desde todos los ángulos, mi sufrimiento, cómo me orinaba, las erecciones de los hombres y los orgasmos de las mujeres mientras contemplaban mi suplicio. He visto mi cuerpo aceitado y sudado, ya entregado, abierto de piernas, iluminado voluptuosa y suavemente, brillante con la tenue luz, hermoso y esplendoroso, excitante.</p>
<p>He visto los estremecimientos de mis orgasmos forzados (que apenas recuerdo ya), mis pechos bamboleándose, eróticos, y mi última lucha resistiendo con tu fuerza y tu energía, que notaba que me llegaba a oleadas en medio de mi cruel suplicio, ayudándome con tu pensamiento y mientras imaginaba yo conocerte de verdad muy pronto. Eso me dió la energía final, la última resistencia.</p>
<p>He visto al verdugo, manoseándome mis posaderas, mis genitales, mis senos, ya muy cerca del momento en que yo ya estaba rendida y próxima a fallecer, sobre los 28 minutos, ya muy cerquita del final del tiempo límite fijado para completar la ejecución con éxito. Y he visto a la médico dando la orden de tensar las ataduras de mis tobillos para garantizar la terminación de la ejecución mientras me miraba y contemplaba ávida el ataúd que me aguardaba. He visto su expresión excitada mientras ella y la pelirroja estiraban con fuerza y rabia hasta el límite los cables que ataban y separaban mis muslos, y su intenso placer al comprobar la inmediata reacción de agonía final de mi pobre cuerpo agotado.</p>
<p>Y he comprendido las miradas de la médico, de puro odio hacia mi y de lascivia hacia mi hombre. Y él la miraba excitado, cómplice y satisfecho. Sospecho que ellos han urdido esto, a parte de la complicidad del resto del grupo, gente adinerada y que podría tapar una ejecución real como mi ‘suicidio’ o algo así, no lo sé. Conocen a gente importante, jueces, policías, entre todos podrían urdir una trama creíble, trasladando mi cadáver a mi casa en secreto, colgándolo allí de nuevo y todo podría quedar como un ejercicio mío autoerótico que acabó mal, manipulando o destruyendo pruebas.</p>
<p>La otra cosa que me ha entregado es un sobre, firmado por todos los participantes. Es una sentencia de muerte en la horca redactada de forma irrevocable, una orden de ejecución en firme en una fecha indeterminada y a fijar por el grupo. No hay recurso ni revisión posible de la sentencia una vez aceptada y conformada. Él me ha dicho que puede ser la semana siguiente o dentro de 20 años.</p>
<p>O quizá hasta no aplicarse, aunque ya me ha dicho que esta opción no se cumplirá seguramente (no querrán) y que sí que se procederá a mi ejecución con toda probabilidad, no desea crearme esperanzas vanas. Quieren ver mi inmóvil cuerpo desnudo en el sencillo ataúd de madera, expuesto, indefenso, relajado y entregado tras el cumplimiento de mi sentencia de muerte. Sobre todo ella, la ‘otra’ de mi hombre. Ella desea manipular mi sexo, acariciar mis pechos y masajear mi cadáver tras mi ejecución.</p>
<p>Quizá sea otro juego, pero he visto que las normas y los pactos de este círculo de gente se cumplen siempre. Para hacer efectiva la orden de mi ejecución en la horca, en ese sótano, sólo falta mi propia firma de conformidad en el documento. Y luego llegará al eterna espera, el volverme loca poco a poco, pensando en cuándo me llegará la notificación fijando la fecha y hora de la aplicación de mi suplicio.</p>
<p>Y no creo que esperen mucho, porque viendo el vídeo una y otra vez, veo la excitación general y la pasión que despertó la ceremonia y esta gente no va a aguantar mucho tiempo sin repetir y verme allí colgada, sudada y rendida. Hasta mi marido habla inflamado y excitado cuando recuerda aquello y dice que ‘habrá que repetirlo pronto y urgente’…. Me insiste sobre todo cuando me penetra analmente.</p>
<p>Mi hombre me ha dicho que en caso de mi conformidad, nada les faltará a las nenas (aunque en casa ambos tenemos un amplio y alto nivel económico). También me ha dicho muy excitado que esta ejecución, vista mi fuerza y resistencia, se podría prolongar al menos durante una hora hasta el final, cuando la doctora certifique definitivamente la defunción (seguro que es lo que más desea ella). Harán lo que esté en su mano para que sea lo más larga posible y me comporte el máximo sufrimiento, con la fuerte carga erótica y sensual que eso supondrá.</p>
<p>Me ha sugerido que ella venga de visita de vez en cuando a casa, para cenar juntos, para conocer a las niñas, llevarlas al cine o al zoo…. Pero sobre todo me ha comentado que ella me enseñaría a aumentar mi resistencia, mediante técnicas respiratorias, etc. y para ensayar la futura ejecución, si firmo, a fin de poder ofrecer una sentencia a muerte larguísima y sensual, ‘llena de orgasmos y placer para mí’, según me dice….. Me ha contado que podríamos pasar fines de semana enteros en una casa aislada que ella tiene en las montañas del Pirineo, y allí efectuar simulacros en la horca cada vez más prolongados para mejorar mi físico de cara a la ejecución definitiva, a fin de dilatar al máximo la duración de la misma.</p>
<p>Estoy muy confusa, Maribel. Me estoy volviendo loca. Sé que eso comportará mi ejecución verídica, pero a la vez, sé que a todos nos llega la hora, y al menos yo podría escoger de qué forma me iría. O tal vez es sólo un juego y lo han disfrazado todo como si fuera real…..y yo soy parte del juego y la puesta en escena. Pero en mi fuero interno sé que mi destino ya está sellado, que mi muerte es inevitable y que me aguarda aquél ataúd sencillo de madera basta en la antigua cava, mi cámara de ejecución. Allí reposaré como vine al mundo, hallando el descanso final de mi atormentada vida.</p>
<p>Mi cuerpo desnudo debe ocuparlo sin demora, ya que una mujer débil y obediente, una esclava sexual sin voluntad, una sumisa entregada como yo, es lo máximo a lo que puede aspirar: dar placer a su amo, a su hombre, obedecerle siempre, le ame o no, y afrontar su final con dignidad. Así me recordará con respeto: cuando visualice el DVD de mis momentos finales, me recordará con excitación, añoranza y orgullo. Éste será mi legado: he nacido para dar placer, para provocar orgasmos, para ser ejecutada.</p>
<p>Quiero a mi marido, lo amo demasiado como para decepcionarle o interponerme entre él y esa mujer (se llama Mariona, él me lo ha dicho hoy, por fin). Si me opusiera, nuestro matrimonio de iría desintegrando y disgregando poco a poco, iría muriendo, y tampoco puedo permitirlo. Si accedo a sus requerimientos, me ha dicho que ella, que no puede tener hijos y es su máximo deseo, será la madre de mis hijas cuando yo no esté….. Las educará, las iniciará y las preparará adecuadamente ‘sobre todo al llegar a la adolescencia’, no sé a que se refiere. Pero ella se lo ha prometido y le creo. Y sé que él será atento y amoroso conmigo hasta el día fijado para la ejecución y me llenará de placer los días previos a ella.</p>
<p>Lo cierto es que yo misma me excito viendo el DVD de mi experiencia, me masturbo recordando todo lo que pasó, los detalles, los olores, las sensaciones. No sé…..estoy confundida pero deseosa y ansiosa de que me conduzcan allí de nuevo, en el fondo. Sé que es cuestión de días (o de horas) de que acabe firmando la conformidad de mi nueva y definitiva ejecución en aquella casa, en la cámara secreta de la horca de ese sótano….</p>
<p>Te dejo, Marisa, necesitaba explicarte todo. Te envío esta narración, guárdala para ti sola, en tu corazón. Es mi regalo por tu fuerza y tu amistad, de una sumi que te quiere. Pronto nos conoceremos, deseo mostrarme ante ti, tal como soy, con mi cuerpo, mis sentimientos y decirte todo lo que ocupa mi mente concerniente a ti. Sería mi regalo de despedida</p>
<p>Mientras decido ya en breves momentos si firmo o no mi ejecución, (ya sostengo la pluma en mi mano, dándole vueltas con los dedos, ansiosa) recibe un beso cálido de tu Elena.</p>
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		<title>Linda morena torturada con cera</title>
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		<pubDate>Wed, 10 Mar 2010 14:41:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<title>Una Asiática sumisa siendo follada a tope</title>
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		<pubDate>Mon, 08 Mar 2010 15:21:03 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Este próximo vídeo es para todos aquellos que se cachondean con controlar a su pareja en el sexo. Esta Asiática guapa y sumisa deja que este tío haga lo que coño quiere con ella. El la ata y la amordaza mientras la azota y luego le mete la polla tan adentro de la garganta que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Este próximo vídeo es para todos aquellos que se cachondean con controlar a su pareja en el sexo. Esta Asiática guapa y sumisa deja que este tío haga lo que coño quiere con ella. El la ata y la amordaza mientras la azota y luego le mete la polla tan adentro de la garganta que la tía apenas puede respirar.<br />
<object classid="clsid:d27cdb6e-ae6d-11cf-96b8-444553540000" width="480" height="388" codebase="http://download.macromedia.com/pub/shockwave/cabs/flash/swflash.cab#version=6,0,40,0"><param name="allowFullScreen" value="true" /><param name="wmode" value="transparent" /><param name="allowScriptAccess" value="always" /><param name="src" value="http://flvtools.spacash.com/t=MTg3MjN8MjYw&amp;h=388&amp;w=480&amp;pc=333333&amp;account=nacho&amp;rev=yes&amp;lang=es" /><param name="allowfullscreen" value="true" /><embed type="application/x-shockwave-flash" width="480" height="388" src="http://flvtools.spacash.com/t=MTg3MjN8MjYw&amp;h=388&amp;w=480&amp;pc=333333&amp;account=nacho&amp;rev=yes&amp;lang=es" allowscriptaccess="always" wmode="transparent" allowfullscreen="true"></embed></object></p>
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		<title>El entrenamiento de Mónica</title>
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		<pubDate>Sun, 07 Mar 2010 15:00:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[Tiempo después de asistir a la despedida de soltera, Mónica se ve anvuelta en otra aventura sadomasoquista donde es preparada para ser arrendada como esclava.
La despedida de soltera dejó a Mónica con más ganas aún de continuar con sus juegos lésbicos y masoquistas. Pasó el tiempo, logrando solamente algunas aventurillas sin mayor importancia. Lo que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Tiempo después de asistir a la despedida de soltera, Mónica se ve anvuelta en otra aventura sadomasoquista donde es preparada para ser arrendada como esclava.<br />
La despedida de soltera dejó a Mónica con más ganas aún de continuar con sus juegos lésbicos y masoquistas. Pasó el tiempo, logrando solamente algunas aventurillas sin mayor importancia. Lo que más había conseguido era que la amarrasen a la cama y le hicieran el amor, pero ninguna cosa como las ocurridas aquella noche, mas en una ocasión sonó el teléfono: Al responder escuchó la voz de Claudia del otro lado de la línea invitándola a conversar con ella porque tenía algo que proponerle. La sola idea de qué podría ser la hizo mojarse instantáneamente, al instante le preguntó por el lugar y momento de la cita. Su interlocutora le respondió que de inmediato, pues estaba en la puerta del edificio, agregándole que le abriese y la esperara completamente desnuda, de tal manera que se quitase la ropa mientras subía.</p>
<p><span id="more-811"></span>Terminando de hablar se desnudó lo más rápidamente posible en el mismo lugar del teléfono y una vez desnuda tomó su ropa tal como había caído y corrió hacia el dormitorio tirándola prácticamente dentro del clóset, escuchando que en ese momento tocaban, por lo que necesitó correr para abrir. Se colocó detrás de la puerta y sólo asomó la cabeza en prevención que pudiese ser otra persona. Al percatarse que efectivamente era Claudia, le franqueó la entrada.</p>
<p>Una vez en el interior, sin saludarla, la amiga la miró de pies a cabeza, con un gesto le ordenó girar y después le hizo un ademán indicándole tirarse al suelo. Mónica algo sorprendida titubeó un instante, por lo que Claudia le indicó con mayor determinación hacerle caso.</p>
<p>Habiendo obedecido la anfitriona, le acercó uno de sus pies para que se lo besara.</p>
<p>Terminada toda esa especie de ceremonia le dijo: “Eres una esclava muy lenta, por lo que te castigaré.<br />
Tráeme algo con que amarrarte y otra cosa con qué pegarte”.</p>
<p>Nuevamente la anfitriona medio se sorprendió, pero decidió seguirle el juego. Fue a su dormitorio y volvió con la cuerda con la cual la amarraban a la cama y con el cinto (cinturón) de cuero más grueso que tenía.</p>
<p>Cuando estuvo frente a su invitada, ésta le preguntó si tenía un lugar donde atarla, a lo que Mónica le respondió que en la cama, de tal manera que se dirigieron hasta el lugar indicado.</p>
<p>Una vez ahí, Claudia procedió a atarla por las muñecas, una a cada poste. Tan pronto la tuvo sujeta comenzó a azotarla en las nalgas mientras la insultaba. Terminando de pegarle la desató y le dijo que se cubriese con algo, pero que no se pusiera ropa interior para que la acompañase hasta la calle a fin de darle las últimas instrucciones..</p>
<p>La anfitriona se colocó un buzo y le preguntó si estaba bien, obteniendo una respuesta afirmativa</p>
<p>Concluida la entrevista con Claudia, Mónica regresó ansiosa a a fin de prepararse conforme a las instrucciones recibidas. Una vez en su hogar se desnudó completamente y procedió a colocarse las prendas entregadas: Primero se colocó la falda, que más parecía un pareo pues sólo traía un extensión para anudársela a la cintura. Posteriormente se calzó las sandalias y finalmente la blusa, si es que se podía llamar así, pues carecía de botones y para cerrarla debía anudársela a la altura del vientre. Antes de cerrarla, acarició sus pechos largamente aumentando así la excitación que de por sí ya tenía. Finalmente procedió a hacer el nudo y a la hora señalada salió de su casa.</p>
<p>Mientras caminaba podía apreciar como se posaban sobre ella las miradas de hombres y mujeres, así que apretó más el tranco para llegar cuanto antes al sitio indicado.</p>
<p>Una vez en el lugar comenzó a pasearse nerviosamente temiendo ser confundida por una prostituta, lo que sería lo de menos a no ser que fuese la policía, en cuyo caso su detención sería inminente, pues aparte de no poder explicar el motivo de su atuendo, tampoco tenía carné sanitario, por lo cual, además de ser acusada por “ofensas a la moral”, la acusarían de ejercer la prostitución en forma ilegal.</p>
<p>Después de unos minutos, que a ella le parecieron siglos, apareció una pareja. Acto seguido, se colocaron a ambos lados de Mónica. Inmediatamente su corazón le dio un sobresalto, pues no sabía si eran sus “raptores” u otras personas, pero se tranquilizó cuando la mujer le indicó que eran sus “secuestradores”. Casi de inmediato apareció una Combi (furgón) a la que condujeron a la ahora raptada, mientras el hombre le colocaba un capuchón al estilo de aquellas personas que conducían camino al patíbulo.</p>
<p>Cuando el vehículo se puso en marcha, le ordenaron: “Desnúdate”. Mónica comenzó a desanudarse la blusa cuando sintió que se la bajaban violentamente por la espalda asiéndola por los cabellos de la nuca mientras le decían que se tardaba mucho.</p>
<p>Cuando quedó con el torso desnudo, iba a comenzar a quitarse la falda, pero le tomaban los brazos, se los llevaban a la espalda y le colocaban unas esposas. En ese momento, la prisionera, notó como se le erguían las puntas de sus pezones a la vez que comenzaba a sentirse húmeda.</p>
<p>Ya con las manos esposadas detrás de su espalda, sintió como le quitaban el pareo, quedando sólo con el calzado por única vestimenta, mismo que con un movimiento de sus pies lo dejó de lado, pero el castigo no se dejó esperar. Sintió el chocar de una mano en contra de uno de sus muslos, por lo que presumió que estaba mal lo que había hecho, de tal manera que inmediatamente comenzó a tantear el piso para colocárselos. Sin embargo sintió nuevamente el mismo castigo en su otro muslo, en vista de lo cual detuvo la acción sin saber qué hacer y temiendo un tercer castigo optó por quedarse quieta.</p>
<p>Tras unos instantes sintió una mano de mujer que le acariciaba su vello púbico mientras que un brazo la rodeaba por la parte de atrás de su cuello hasta alcanzar con la mano uno de sus pezones, y mientras la acariciaba, le subió el capuchón que cubría su cabeza dejándole la boca al descubierto. Primero estampó un beso en sus labios y después le dijo: “Tontuela. No debes tomar determinaciones sin que se te ordene, o de lo contrario serás castigada, que no se te olvide, ¿De acuerdo?”</p>
<p>Sí, respondió Mónica con un susurro producto de la excitación que sentía.</p>
<p>Al cabo de un rato llegaron al destino. Los “raptores” le ayudaron a bajarse y la condujeron por lo que ella supuso era un pasillo.</p>
<p>Al cabo de un instante se detuvieron y escuchó que le decían a alguien: “Aquí está la esclava.”</p>
<p>Bien, dijo una voz de mujer, y dirigiéndose a Mónica le preguntó: “Antes de quitarte la capucha, te leeré las condiciones y te preguntaré si estás de acuerdo en más de una oportunidad, si estás de acuerdo te presentaremos los dos contratos: Uno para tu adiestramiento y el otro de esclava Si en algún momento decides no continuar se te devolverá tu ropa y te llevarán al lugar donde te recogieron. Debo advertirte que te estamos filmando más que nada para protección nuestra, pues si bien es cierto que toda la gente que viene es mayor de edad, lo hace en forma voluntaria y sólo para satisfacer su erotismo sadomasoquista, puede que en un momento dado aparezca alguien que quiera demandarnos por ofensas a la moral.</p>
<p>- ¿Aún deseas continuar?”<br />
- Sí, respondió Mónica.<br />
- Bien, quítenle la capucha.</p>
<p>Acto seguido, procedieron a descubrirle la cabeza.</p>
<p>Una vez con la vista descubierta, la futura esclava, a pesar de que la única luz era la que iluminaba sólo la parte de los contratos, tardó unos instantes en aclarar su visión debido al tiempo que estuvo en la oscuridad, y una vez que pudo ver bien distinguió una sala con unas siluetas aluzadas (iluminadas) por una tenue luz de una vela, al extremo opuesto donde ella estaba que parecían ser dos hombres y dos mujeres completamente desnudos encadenados por las muñecas al muro que fijaban sus ojos en ella. Casi por instinto trató de ocultar su propia desnudez dándose vuelta, ya que no podía disponer de sus manos y brazos para poder ocultarse, por tenerlos esposados a su espalda, pero en ese momento pudo percatarse que era observada por varias personas provistas de capuchas al estilo Ku-Klux-Klan, aunque no tan pronunciadas en la punta. Obviamente la prisionera se asustó, pues es por todos conocido a qué se dedica dicha secta, pero la voz de quien parecía estar a cargo la tranquilizó diciéndole que no temiera, pues dichos atuendos eran sólo para protegerse ellos, que en todo caso si aceptaba llegar hasta el final conocería a todos los ahí presentes, así que estuviese tranquila porque no corría peligro alguno, pero que si tenía la más mínima sospecha de algún riesgo no tenía más que indicarlo y en ese momento podía retirarse.</p>
<p>Mónica, tenía temor, pero más pudieron su erotismo y su curiosidad, así que, otra vez, aceptó continuar diciendo que estaba dispuesta a firmar los contratos, por lo que le abrieron las esposas del lado de la muñeca derecha para que pudiese firmar, volviendo a esposarla una ves que estuvo lista..</p>
<p>Concluido este trámite encendieron las luces ordenándole dirigirse a los otros prisioneros y hacerles cualquier cosa a uno o más de ellos. Acto seguido, primero fue hasta uno de los hombres y se inclinó para pasarle la lengua por los vellos del pecho, pues esa era una de las pocas cosas que le excitaba de los varones, provocándole la inmediata erección de su pene notando de paso que hacía esfuerzos como tratando de contenerse, por lo que decidió no seguir con él. Después se dirigió a una de las mujeres y le estampó un beso en la boca, percibiendo que sólo lo aceptaba más por obligación que por gusto pues al introducirle la lengua en su boca no recibió la misma respuesta, mas nada dijo por temor a se castigada, enseguida regresó con el primer hombre a quien, como pudo, le sacó un vello púbico para que con el dolor le disminuyera la excitación por último se dirigió a la otra mujer a quien comenzó a besar los senos notando su colaboración. Se disponía a continuar con ella cuando escuchó que le ordenaban detenerse con un enérgico “basta”. Ante esta orden quedó rígida esperando instrucciones pues recordaba lo ocurrido en el vehículo. Transcurridos unos segundos oyó le ordenaron: “Lámele los testículos al esclavo que falta”.</p>
<p>No le gustaba mucho la idea, pero decidió obedecer, pues suponía que de esa prueba dependería su futuro como esclava. Al estar frente a los testículos del esclavo en cuestión, notó una argolla en el nacimiento del escroto e instantes después de estar ejecutando la orden notó como los testículos comenzaban a subir y el pene a erectarse provocando dolor al esclavo, cayendo en cuenta en ese momento el motivo de la reacción del prisionero anterior, a raíz de lo cual decidió suspender lo que estaba haciendo, a sabiendas de que seguramente sería castigada, pero prefería eso antes que causar sufrimiento a otra persona.</p>
<p>Eres una esclava rebelde, sentenció una voz. Pero por ser la primera vez sólo te sentencio a diez azotes en las nalgas, sin embargo otra persona dijo: “¿No crees que sería mejor cinco azotes dados por una persona vendada y a la estúpida que la aten a un caballete?</p>
<p>Como la propuesta cosechara aplausos inmediatos se ordenó traer un caballete acondicionado especialmente para colocar a la persona sobre su guata (estómago) de tal manera que se le podían atar sin problemas los pies a cada una de las patas y del otro lado hacer lo mismo con las manos y así lo harían con Mónica. La mujer que llevó el caballete estaba completamente desnuda, primero le aseguró con unas correas las piernas a la altura de los tobillos y cuando esperaba que hiciera algo parecido con sus brazos mientras trataba de mantener el equilibrio, la mujer que la había atado se colocó a la espalda de la prisionera tomándola por los senos. Apareciendo al poco rato una mujer musculosa acompañada de dos hombres igualmente musculosos, que se notaba que todos se dedicaban al físicoculturismo. La segunda mujer iba ataviada solamente con un cinto de cuero negro del que colgaban una fusta y un látigo de varias correas (gato), mientras que los hombres iban completamente desnudos, la vista vendada, las manos a la espalda, sus penes completamente erectos y conducidos por la mujer jalándolos de sus respectivos vellos miembros. La futura castigada que era sujetada para que no perdiese el equilibrio, observaba a quien imaginó que sería su castigadora y a los dos hombres con una mezcla de asombro y erotismo imaginando cómo sería que la obligaran a viva fuerza hacer el amor con los dos.</p>
<p>Cuando la recién llegada estuvo a su alcance le dijo: “Yo seré quien te castigue, pero para que veas que soy buena te daré a elegir el instrumento con el cual recibirás tu merecido. Acto seguido se acercó y le mostró los dos instrumentos. Mónica los miró y le preguntó a su interlocutora lo más sumisamente posible: “Te ruego disculpar mi atrevimiento por dirigirte la palabra sin ser autorizada, pero ¿Me permites hacerte una pregunta antes de decidir?”</p>
<p>Antes de decirle algo, la castigadora se dirigió a los presentes e hincándose y agachando la cabeza les dijo: “La esclava pide autorización para hacer una pregunta”.</p>
<p>Que la haga, dijo la que parecía se la jefa del grupo, pero recibirá tres azotes más por su osadía y tú cinco azotes por cada uno que no caiga en el cuerpo de la estúpida y ésa dos adicionales por cada uno que no le caiga en su cuerpo. Posteriormente, dirigiéndose a la prisionera le dijo: “Ya escuchaste la conversación. ¿Estás dispuesta a seguir? Sí, dijo la esclava. Tras lo cual, la jefa hizo una seña a la verdugo. La mujer que la sujetaba se colocó frente a la prisionera ordenándole en voz baja inclinarse hacia delante cuando le tomara los senos nuevamente. Tan pronto le puso las manos en los senos, la aprendiza comenzó a inclinarse poco a poco hasta quedar completamente arqueada. Estando en esa postura uno de los hombres le soltó las esposa, primero de un bazo, para que de inmediato el otro procediera a ajustárselo con correas al caballete y luego repetir la misma operación con el otro brazo Una vez que hubieron tomado las nuevas posiciones, la segunda mujer descargó la fusta sobre las nalgas de la prisionera, acto seguido, la jefa le preguntó si deseaba continuar, recibiendo un sí por respuesta, a lo cual le preguntó: “Sí qué”, a la vez que le descargaban otro golpe igual.</p>
<p>-Sí señora, dijo la esclava, sintiendo un tercer golpe.<br />
-Sí qué, repitió la jefa.<br />
-Sí mi ama, respondió la prisionera sintiendo un cuarto golpe.<br />
-Sí mi ama y señora corrigió la jefa, tras lo cual Mónica recibió tres golpes más y luego agregó la jefa: “Además debes agradecer cada golpe, porque se te está corrigiendo. ¿Continúas?”<br />
-Si mi ama y señora.<br />
-Bien, ¿Cuál es la pregunta?, dijo.<br />
-¿Cuál de los dos instrumentos duele más?<br />
-¿Para qué quieres saber?<br />
-Para ser castigada con mayor dolor, por estúpida.<br />
-Veo que aprendes rápido. -Dale un golpe en cada pierna con cada uno de los instrumentos, ordenó a la mujer que la azotaría.</p>
<p>Acto seguido, la verdugo descargó nuevamente la fusta, esta vez en el muslo derecho, y de inmediato el segundo con el látigo en el izquierdo.</p>
<p>Mónica sabía de antemano que el látigo era más doloroso, pero quería recibir más castigo y lo logró.</p>
<p>- ¿Y bien?, preguntó la jefa<br />
- Mi ama y señora, si Ud. no decide otra cosa, elijo el látigo.<br />
- Así se hará, dijo la jefa, y ordenó: “Desátenla un momento para que se enderece Tú, ponte delante de la estúpida para que vea como te tapan la vista y después que bese el látigo que se ponga en la misma posición para amarrarla nuevamente.</p>
<p>Sin decir palabra, la mujer se dirigió a los hombres quitándoles primero la venda de la vista y luego desatándolos, colgando las vendas en su cinto y conservando las cuerdas en sus manos. A todo esto Mónica se sentía empapada y no tenía en cuenta los orgasmos habidos, pues la mujer puede llegar al orgasmo sólo con el pensamiento y sin necesidad de tocarse, a diferencia del hombre que necesariamente el pene debe tener algún tipo de frotación para llegar al orgasmo.</p>
<p>Tan pronto terminó de hablar la jefa, la verdugo entregó las cuerdas a los hombres y dirigiéndose a la futura castigada le preguntó si quería que le taparan la vista a lo que la esclava respondió de manera negativa.</p>
<p>Una vez recibida la respuesta la mujer se puso de rodillas frente a la jefa y luego se inclinó a besarle los pies a la vez que colocaba sus manos entrelazadas detrás de la espalda. Al cabo de un instante, la jefa ordenó a los hombres: “Procedan”.</p>
<p>Ambos hombres se acercaron. Uno la tomó por el cabello haciéndola hincarse nuevamente y cuando la tuvo en esa posición, le sujetó los brazos, mientras el otro procedía a taparle la vista.</p>
<p>Una vez que estuvo completamente vendada, la tomaron de la punta de los pezones y la hicieron levantarse, y sin soltarla, la condujeron hasta la espalda de Mónica. Le tomaron los dos instrumentos y el que tenía el látigo se colocó delante de la prisionera ofreciéndoselo para que lo besara, cosa que la prisionera hacía mientras se lo iba deslizando.</p>
<p>Terminada la ceremonia, ambos hombres y la mujer se retiraron para que todos, incluso los prisioneros que estaban en la pared, vieran el “espectáculo”.</p>
<p>Para que la verdugo comenzara su actividad, la jefa le asestó un golpe en los muslos con la fusta.</p>
<p>Ante esa señal, la verdugo comenzó a descargar uno a uno los ocho golpes cayendo seis de éstos en la espalda, nalgas y piernas de la prisionera y perdiéndose otros dos, ante la algarabía de los asistentes porque presenciarían una prolongación del castigo.</p>
<p>Terminada su faena, la verdugo bajó los brazos y esperó instrucciones.</p>
<p>De inmediato la jefa ordenó que llevaran el “arco” que consistía en una especie de umbral con una base que se atornillaba al suelo.</p>
<p>Mónica pensó que pondrían primero a la verdugo y después y después de castigarla le tocaría el turno a ella, pues a ésta la llevaron hasta dejarla justo debajo del travesaño, sin embargo cual fue su sorpresa cuando se acercaron hasta donde la tenían todavía atada y la comenzaron a desamarrar.</p>
<p>Lo primero que imaginó fue que la llevarían hasta el muro y la colocarían junto a los otros cuatro, pero continuó su equivocación. Una vez suelta, la hicieron erguirse y le vendaron la vista. e inmediatamente después la jefa le preguntó si deseaba continuar, advirtiéndole que ésta sería la penúltima vez que le preguntaría.</p>
<p>Lógicamente la respuesta de la futura esclava no se dejó esperar y dejó escapar un ansioso sí, cayendo en cuenta de inmediato de su error, mismo que trató de enmendar al momento agregando un sí mi ama y señora, mas ya era tarde porque la jefa ya estaba sentenciando cinco azotes más por desobediente, pero lejos de ser un castigo para ella se constituía en un premio, pues quería asumir el papel de esclava.</p>
<p>Pasado este incidente hizo señas a los dos hombres que habían acompañado a la verdugo y a la mujer que la asistió primero para que la condujeran al arco. Cada uno de los hombres la tomó de la punta de uno de sus pezones y la mujer la cogió por el vello púbico. Después de un par de vueltas que sirvieron para desorientarla y un poco desilusionarla, pues pensó que ya no le harían nada más, sintió como le colocaban correas en sendas muñecas y de inmediato le levantaban sus brazos, pero no sólo eso, al poco rato sintió unos senos desnudos que se aplastaban con los de ella y el vaho de una respiración junto a su cara. Claudia, en ese momento creyó que se desmayaría de tan excitada que estaba, sin embargo aún faltaba la sorpresa mayor: Una vez que tuvo sus brazos completamente sujetos al travesaño, sintió domo pasaban una cuerda por su espalda, a la altura de la cintura y al ajustarla sintió el vientre desnudo de la otra mujer produciéndole de inmediato un orgasmo y haciendo todo lo posible por juntar su vello púbico con el de la otra mujer, siendo sorprendida por uno de los hombres que con señas se lo hizo saber a la jefa que sentenció un total de quince azotes para cada una y les amarraran las piernas a la altura de los muslos, así no tendrían posibilidades de refregarse.</p>
<p>Una vez que estuvieron así, la jefa les ordenó frotarse una a la otra, pero por más esfuerzos que hacían no lo podían lograr debido a la inmovilidad de sus piernas y tronco, mientras los asistentes se burlaban ruidosamente de ambas gritándoles toda clase de insultos.</p>
<p>Al cabo de un rato, a una seña de la jefa se produjo el silencio y comenzó el castigo que los asistentes contaban a coro y las prisioneras agradecían una después de la otra.</p>
<p>Terminada la sesión de castigo, procedieron a soltarlas y tal como Mónica suponía y esperaba, la mujer con la cual la castigaron no era otra que aquella que castigó a ella. Sólo la miró de reojo y bajó la vista, como suponía debía estar una esclava.</p>
<p>Lentamente se acercó la jefa y le dijo: “Hasta aquí has probado ser una buena esclava. Si deseas continuar debes firmar el contrato definitivo. Ahí están estipulados tus deberes y derechos. Tus únicos derechos es que podrás retirarte en el momento que estimes conveniente, tampoco te podrán ocasionar daño físico, colocarte marcas permanentes aunque tú se lo solicites, ni raparte la caballera sin tu consentimiento. En cuanto a tus deberes, se te asignará una capataz porque tienes tendencia lésbica. Ella podrá disponer de ti como mejor le parezca con las únicas limitaciones ya estipuladas. Fuera de eso te podrá castigar en la forma que estime conveniente por cualquier falta que cometas, e incluso por simple capricho. Todo lo que te ordene debes hacerlo, en ningún momento puedes sentirte humillada porque los esclavos no tienen dignidad. Son menos que un objeto. Como eres la más nueva, cualquier capataz o esclavo te podrán dar órdenes que también debes obedecer de inmediato. La única cosa que sólo tu capataz puede hacer es prestarte, arrendarte o traspasarte, y tú no te podrás rehusar, te guste o no. Comerás en el suelo, donde tu capataz decida y dormirás en una jaula esposada con las manos a la espalda para evitar que te masturbes. Tu aseo será también en el momento que tu capataz decida y en la forma que ella estime conveniente. Siempre andarás desnuda, salvo que se te indique otra cosa. ¿Alguna duda?, puedes responder sin temor, todavía como persona libre.”</p>
<p>- No, ninguna de momento, pero si tuviese alguna: ¿Es posible preguntarla más adelante?”, respondió y consultó Mónica.<br />
- Sólo tienes que hacerla con el debido respeto, pero eso no te garantizará que se te de una respuesta o te libre del castigo por hablar sin permiso.<br />
- ¿Aceptas?<br />
- Sí, mi ama y señora, respondió la futura esclava.<br />
- Bien. Léelo en voz alta para que se pueda apreciar en la filmación y cuando termines debes indicar en voz alta si rechazas o aceptas para posteriormente firmarlo.</p>
<p>Una vez que le pasaron el papel, Mónica comenzó a leerlo en voz alta. Comenzaba con su nombre completo, fecha de nacimiento y cédula de identidad. Indicaba lo mismo que se le había advertido. Terminado de leerlo dijo con voz firme: “Acepto”, bajó el papel y estampó su firma.</p>
<p>Terminado este trámite, la jefa le indicó que en adelante su nombre sería “Perra Sarnosa” y la capataz “Perra Rabiosa” y que era nada menos que la mujer que la había castigado.</p>
<p>La alegría de Perra Sarnosa fue tal que se dejó caer a los pies de Perra Rabiosa y se los comenzó a besar apasionadamente.</p>
<p>La capataz después de mirar a la jefa y obtener el permiso de ésta, sin inmutarse se limitó a decirle que la siguiera mientras comenzaba a caminar. La esclava se irguió y caminó detrás suyo.</p>
<p>Al rato entraron en una habitación donde había una fuente llena de lodo, más allá una jaula bastante especial en lo alto y una estufa (calentador) bajo la misma, además de unos grillos en la pared y una serie de sillas.</p>
<p>La capataz le informó que primero la llevaría a la habitación donde había estado, junto con los otros cuatro prisioneros y posteriormente la castigaría ahí por hacer cosas sin permiso.</p>
<p>Dicho lo anterior, sin decir palabra se dirigió a otra habitación de donde obtuvo un atuendo igual al de los espectadores que Perra Sarnosa viera cuando le destaparon la vista. Una vez con el atuendo en la mano, se lo alargó a la esclava indicándole que la ayudase a vestirse.</p>
<p>Cuando se lo hubo colocado, la capataz introdujo la mano a un bolsillo de donde extrajo un collar de perro con una cadena bastante particular, pues remataba en unas cuerdas y a la altura del pecho dos pinzas. De inmediato le ordenó colocarse el collar con la cadena para adelante, cosa que la esclava obedeció de inmediato. Cuando lo tuvo colocado, le ordenó ajustar una pinza en cada pezón. Como Perra Sarnosa dudara un instante, le soltó de inmediato una cachetada en la cara a la vez que le decía “obedece”. A Perra Sarnosa le brotaron lágrimas inmediatamente, pero decidió hacer caso, pues para eso era esclava y estaba dispuesta a llevar su papel adelante. Cogió una de las pinzas y la colocó en uno de sus pezones acusando de inmediato el dolor por no estar acostumbrada a una cosa así Anticipándose a lo que le esperaba, pero decidida tomó la otra pinza y la colocó en su otro pezón acusando más dolor.</p>
<p>Hecho lo anterior, la capataz le ordenó pasar la cadena por su entrepierna y esposar sus muñecas en la espalda, cosa que también hizo en forma decidida comprobando que le quedaba bastante tirante y no podía evitar de se le introdujese en la vagina tirándole además los pezones hacia abajo y aumentando su dolor. Pero no importaba, mientras más dolor sentía, más feliz era. Emprendieron la marcha hasta llegar al primer lugar donde ella había estado. Una vez dentro, la capataz la paseó frente a los espectadores y la ubicó donde estaban los otros cuatro prisioneros, que si bien era cierto continuaban siendo dos hombres y dos mujeres, ya no eran los mismos, además tenían atuendos de cadenas iguales a los de ella, sólo que en el caso de los hombres las pinzas estaban asidas a sus escrotos (bolsa de piel que resguarda a los testículos), lo cual les provocaba bastante dolor. Colocada junto al cuarteto, no alcanzó a transcurrir mucho tiempo en que apareciera otro hombre en la misma condición de los otros cinco que fue colocado junto a Perra Sarnosa. Acto seguido llegó una pareja de esclavos con sendas mangueras con las que les comenzaron a tirar agua. Los seis encadenados no sabían si quedarse en esa posición o tratar de esquivar los chorros que mojaban sus cuerpos con agua fría, hasta que la jefa les ordenó comenzar a girar para poder mojarlos bien. La operación no demoró más de unos tres minutos, pero a ellos les pareció una eternidad.</p>
<p>Terminado este procedimiento apareció una esclava con una toalla para cada uno y se las fue aventando (tirando) al cuerpo de cada esclavo mientras les decía “cógela”, cosa que lógicamente ninguno pudo hacer por tener las manos esposadas a la espalda. De inmediato se acercaron el y la capataz de cada quien que les comenzaron a insultar y esputar (escupir) en el rostro. Perra Sarnosa se sentía humillada en su fuero interno, pero recordaba bien la advertencia de que no podía sentirse así pues los esclavos eran menos que un objeto, además no podían tener dignidad y su obligación era aceptar prácticamente todo, aparte el reclamar significaría que ya no quería seguir y por lo tanto perder la oportunidad de sentirse una esclava verdadera, cosa que no estaba dispuesta.</p>
<p>Después de varios insultos y escupos, una de las capataces les ordenó recoger las toallas con la boca y secarse unos a otros. Cada quien se hincó y levantó como pudo y comenzó a secar a la esclava o esclavo que tuvo más cerca con toda la dificultad que ello implicaba debido a disponer de su boca solamente.</p>
<p>Al cabo de bastante rato recibieron azotes por parte de cada capataz para que fuesen más eficientes en su labor y burlas de los asistentes, les ordenaron entregar las toallas a la esclava que se las había llevado, los hicieron colocarse uno detrás de otro en una fila intercalando primero una mujer y luego un hombre, al poco rato, cada capataz le soltó las manos a su esclava o esclavo, pero sólo para atárselas entre las muñecas cruzando ambos brazos. Concluida esta operación, con otras tres sogas le dieron dos vueltas simples de arriba hacia debajo del cruce de las muñecas para luego asirle los extremos al cuerpo del esclavo o esclava que se encontrase atrás. Una de las sogas se la ataban a la cintura y las otras dos, cada una a una pierna, de tal manera que era imposible no tocarle los genitales a quien estuviese atrás, provocando la excitación tanto de quien tocaba como de quien era tocado, excepto en el caso de Perra Sarnosa, que por su inclinación lésbica, no le hacía ninguna gracia tocar a un hombre, o bien que un hombre la tocase a ella.</p>
<p>Cuando la jefa comenzó a revisar de que todos estuviesen excitados, se dio cuenta le inquirió la razón de ello, a lo que la esclava le respondió: “Mi ama y señora, no sé si te hayan informado que soy lesbiana y por más esfuerzos que he hecho para tratar de excitarme no lo he logrado. Por favor disponed de mí como mejor te parezca y como sirva que soy”. Ante estas palabras, la capataz mayor se dirigió a la cuidadora de Perra Sarnosa y le preguntó la razón de haber hecho tal cosa, a lo que ésta no le supo responder, por lo tanto la jefa ordenó deshacer el grupo y traer otras dos esclavas más. Tan pronto llegaron las otras dos mujeres, se hincaron y se apresuraron a besarle los pies a la capataz mayor para luego quedarse postradas esperando órdenes. La jefa ordenó a una de las esclavas colocarse en el lugar de Perra Sarnosa, a la esclava que encabezaba la fila colocarla hasta el final, a la otra esclava pasar hasta la punta, a Perra Sarnosa que quedase delante de ella y a su cuidadora delante de ésta. La esclava recién llegada no lograba entender por qué motivo la capataz principal no se dio la molestia de verificar si las otras mujeres se excitarían con ella o con uno de los hombres, pero lo que ignoraba era que quienes debían cumplir su orden de traer a las otras esclavas, tenían que saber la inclinación sexual de estas últimas.</p>
<p>Una vez que la fila se formó nuevamente, las esclavas fueron atadas igual como estaba el resto y posteriormente amarradas unas a otras y otros conforme se había hecho al principio. Tan pronto como Perra Sarnosa sintió que sus manos rozaban a la esclava ubicada detrás suyo y las manos de su capataz rozando su vagina y vello púbico, no pudo evitar estremecerse con un gran orgasmo, cosa que fue apreciada principalmente por su capataz, quien intencionalmente la comenzó a acariciar más y más llevando a Perra Sarnosa a tal grado de excitación que comenzó a jadear visiblemente, cosa que pudo comprobar con gran satisfacción la jefa de los capataces, ordenando en ese momento iniciar la marcha.</p>
<p>Así fueron desfilando, no sin cierta dificultad, ante los asistentes, y, aunque tenían prohibido mirarlos, Perra Sarnosa los observó de reojos comprobando que varios se llevaban sus manos a los genitales para medio masturbarse. Les hicieron pasar varias veces ante los asistentes y luego les hicieron ir a una habitación contigua. Una vez que todos estuvieron en ese lugar comenzaron a soltarlos, pero sólo para asirlos a una especie de cepo donde al cerrarse les dejaba aprisionado los brazos por las muñecas a la altura de los hombros, permitiéndoles además una escasa movilidad de la cabeza.</p>
<p>Tan pronto estuvieron todos así fueron llevados hasta unas cadenas que colgaban del techo formando un semi círculo, de donde sujetaron uno a uno los cepos. Terminado lo anterior procedieron a colocarles una barra que les separaba los pies a fin de que no los pudiesen juntar.</p>
<p>Cuando todos estuvieron listos, la capataz mayor les anunció que en un momento más serían subastados, que si alguien no quería continuar el juego podía pedir su baja de inmediato. Como nadie dijese algo, les informó que los asistentes pasarían en un momento más a revisarlos, que los tocarían por todas partes y les harían lo que quisieran y ellos no tendrían derecho ni siquiera a quejarse. Ahorita les vendarían los ojos para que no pudiesen ver a quien los examinaba, pero antes pasarían los esclavos desobedientes que serían castigados. Dicho lo anterior, a una señal de la jefa comenzaron a entrar uno a uno los llamados esclavos rebeldes, que venían sujetos en la misma forma que ellos. A estos últimos los colocaron frente a los esclavos nuevos, pero de tal modo que las dos filas quedaran frente a las graderías. Una vez que estuvieron listos los recién entrados, levantaron del suelo dos arcos colocando después parejas de hombres, de mujeres o mixtas de tal manera que ambos se pudiesen ver a los ojos, en seguida aseguraron el yugo de cada uno con gruesas cadenas al travesaño de ambos arcos, después les fijaron los pies a unas varillas que terminaban en una especie de amortiguadores y por último les conectaron unos terminales, como de aquellos que se ocupan para hacer electros, a los genitales de cada quien. Perra Sarnosa supuso de inmediato el motivo de las terminales, pero lo que le intrigaba era la otra conexión, lo cual averiguaría en muy poco rato. Concluido esto último hicieron pasar a los compradores que se ubicaron en las graderías, y una vez instalados la jefa tomó una picana eléctrica y de la fue aplicando a los genitales de solamente uno de los miembros de una pareja, que reaccionó de inmediato encogiendo los pies provocando con tal reacción que las varillas puestas en las piernas permitiesen que se succionara el “amortiguador” enviando de inmediato un toque eléctrico a los genitales de la pareja que también encogía las piernas provocando el siguiente choque eléctrico a quien se lo había enviado sacándole verdaderos aullidos de dolor a quien los recibía, siendo celebrado por vítores y aplausos de los asistentes. Tranquilizada la pareja continuó con la siguiente y así sucesivamente hasta llegar a la última. Concluido todo, los invitados, todos con máscaras que les cubrían completamente la cabeza y sólo dejaban al descubierto la nariz, boca y orejas, comenzaron a despojarse de sus túnicas, quedando con el resto de sus cuerpos completamente desnudos, mientras los y las capataces procedieron a colocándole a cada quien un collar con un color determinado.</p>
<p>A la gente heterosexual, negro, a la bisexual amarillo y a la homosexual rosa..</p>
<p>Tan pronto terminaron de colocarles los distintivos, los invitados comenzaron a examinarlos tocando a los prisioneros en sus partes más eróticas, otros frotaban sus cuerpos con los de l@s esclav@s , lo que les hacía excitarse más de lo que ya estaban.</p>
<p>Perra Sarnosa tuvo varios orgasmos y no faltó la que le dio de nalgadas por estar mojada con lo que aumentaba su excitación.</p>
<p>Una vez que los futuros compradores terminaron de probar la mercancía, procedieron a vendarles los ojos para que no supiesen quien los adquiría ni dónde les conducirían.</p>
<p>Con la vista cubierta se exacerbaron más los sentidos de Perra Sarnosa, por lo que decidió primero ser obediente y luego rebelde con quien la comprara.</p>
<p>Perra Sarnosa trataba de escuchar y adivinar qué ocurría a su alrededor, pero no podía distinguir de qué se trataban los ruidos que alcanzaba a oír, pues todo se desarrollaba en silencio. Quien compraba, sólo se limitaba a señalar a la o las esclavas o esclavos que quería y el o la capataz procedía a entregar la mercancía lista.</p>
<p>Estaba en sus cavilaciones cuando sintió que le quitaban el cepo. Tan pronto como tuvo los brazos libres, se empezó a sobar las muñecas, sintiendo en ese momento una bofetada en la cara con la mano abierta, tan fuerte, que le sacó lágrimas, pero sólo apretó los dientes para aguantar. Acto seguido, sintió que le tomaban violentamente los brazos entre dos personas, mientras una tercera procedía a esposarle los brazos a su espalda.</p>
<p>Una vez esposada, sintió que le quitaban el distintivo del cuello para luego colocarle un collar.</p>
<p>Inmediatamente de colocado, sintió que le enganchaban algo en éste, para luego asirle los pezones y el vello púbico con sendas pinzas.</p>
<p>Concluido lo anterior sintió que le liberaban los pies y que de inmediato la comenzaban a jalar (tirar) para que caminara, cosa que ella obedeció de inmediato con la esperanza de que la integraran a un harem. Pero no fue así. Luego de caminar bastante la hicieron detenerse. Sintió que le tomaban una pierna por el tobillo y se percató que le colocaban el pie en un escalón. Al darse cuenta comenzó a subir hasta que le ordenaron detenerse, luego que le colocaban nuevamente unos grillos. Acto seguido la tomaron por las axilas y los pies para depositarla en lo que ella supuso un recipiente con alguna sustancia que no supo identificar. Cuando que le sumieron bruscamente la cabeza no pudo evitar probar la sustancia. Era lodo.</p>
<p>Al cabo de un instante la sacaron, pero una de las esclavas que la había sumido se quejó que Perra Sarnosa la había ensuciado, por lo tanto la sentencia fue inmediata: 10 azotes por ensuciar a otra esclava. De inmediato la otra sierva se quejó que a ella también la había ensuciado y que aparte estaba ensuciando el piso, de tal manera que la sentencia final fue 10 azotes por la primera esclava; 15 por la segunda y 25 más por ensuciar el suelo.</p>
<p>La prisionera, a pesar de que se había hecho el propósito de aceptar sumisamente todo, pudo más el inconsciente y cometió el error de tratar de defenderse diciendo que era imposible que ella hiciera una cosa así porque ni siquiera podía moverse.</p>
<p>Craso error, porque la capataz mayor le replicó de inmediato recordándole que no podía hablar sin permiso y que si les esclavas decían que las había ensuciado a ellas y aparte el suelo es porque sí era, de tal manera que le sería proporcionado un castigo ejemplar: Se le doblaría la cantidad de azotes iniciales, se le aplicaría corriente tanto en la vagina como en los pezones, durante tres días llevará un dildo en la vagina y una bola china en el ano que solamente se los quitará para sus necesidades fisiológicas y el tiempo que no los tenga colocados se le multiplicará por cinco agradándosele al final del castigo. Por lo pronto será llevada al calentador para secarle el lodo. Acto seguido, fue llevada a una especie de altillo donde le ataron las piernas abiertas y los brazos en alto para luego encender el calefactor que de inmediato comenzó a radiar un intenso calor secándole rápidamente el lodo comenzando, Perra Sarnosa, a sentir de inmediato una gran picazón en todo el cuerpo, pero decidió guardar silencio para asumir mejor su papel de esclava sabiendo que le esperaban tres días de humillaciones y castigos que no esperaba. Más adelante vería la forma de seguir disfrutando su esclavitud si es que el destino no le deparaba otra sorpresa como la recibida.</p>
<p>Espero nuevas ideas y/o comentarios para saber si continúo o no con esta historia. Especialmente mujeres por mi condición sexual, aunque si algún varón me escribe también se lo agradeceré</p>
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		<title>Tortura de pezon y vagina a una morena</title>
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		<title>Tortolitos sado disfrutan del dolor</title>
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