Una noche ella me dijo: “Quiero que un día me violes” y dentro mío una extraña sensación tuvo lugar. No era calentura, era una excitación que describiría como una “extraña alegría”. Un palpitar en el corazón,… no sé cómo más decirlo. Está claro que acepté, y está claro que me puse a pensar el cuándo y el cómo. Algunas semanas después yo estaba con mucho trabajo en casa y le dije que ese fin de semana no podríamos salir, que lo mejor era que se viniese por casa a eso de las 24 hs para que al menos estuviésemos un rato juntos. Sé que tal cosa no le iba a caer bien a ella, pero también sabía que lo iba a aceptar.
Cuando el timbre sonó abajo me apresuré al ascensor para abrirle. A esa hora no hay portero, y la puerta está trancada con llave. Llegué hasta la puerta del edificio y la hice pasar. Al subir al ascensor nos besamos, y me preguntó luego si había completado mi trabajo. Le dije que no, pero que ahora que ella estaba aquí, lo iba a interrumpir. Sonreímos y llegamos al piso en que vivo.
Tania era una sumisa española que llevaba unos meses buscando un Amo o Ama que la sometiera 24/7. Era su sueño, solo pensar en dar placer y complacer a su Dueño y lo había encontrado, llevaban tiempo hablando bueno más bien, El llevaba tiempo puliéndola para convertirla es una gran sumisa. El día D y la hora H habían llegado. Ella había cogido un autobús la noche anterior y se iba a presentar en la ciudad de su Amo al día siguiente. Cuando llegase ella tendría que ponerse a buscar empleo porque él quería que ella tuviera también su independencia económica, pero ese verano la quería toda para él.
El día escogido había sido elegido con toda la idea del mundo, el 24 de julio, entre comillas el día más sado de todo el calendario. Como era verano ella debía de vestir un vestido vaporoso blanco llevaría ropa íntima, pero antes de presentarse a su Amo se la debía de quitar. El no la iría a recoger a la estación, solo la había indicado donde dirigirse. La había ordenado también que llevara un collar de cuero con una plaquita que pusiera su nombre de perra (Tania). Para mantener la discreción la había permitido que lo cubriera con un pañuelo de seda negro.
