Silvana vivía en un edificio de departamentos de alquiler con su hija de 2 años. Trabajaba en un videoclub, pero no siempre su sueldo le alcanzaba para cubrir los gastos del mes. Algunas veces incluso, cuando podía, tomaba un segundo trabajo, pero el mismo era temporal. Tenía unos 23 años y era toda una luchadora. Desde siempre había trabajado, y aunque terminó con muy buenas calificaciones sus estudios secundarios, luego su temprano embarazó le impidió terminar una carrera universitaria. Ella era morocha, divina, se la notaba una mujer fuerte y decidida. Tenía unos ojazos celestes y un físico espectacular. Una cola firme, paradita, durita. Y dos senos hermosos, grandes, interesantes y turgentes.
Ese mes, el día 5 cayó un jueves, y como era de esperarse, el Gordo González, pasó a cobrarle la renta. Sin embargo ese mes había sido muy difícil, había tenido muchos gastos imprevistos (en los que no vale la pena entrar en detalles) y verdaderamente no tenía para pagar el alquiler.
Por más que tuviera razones, por las que no había podido juntar el dinero, el Gordo González era un ser despreciable y sin corazón. O por lo menos así era como lo veía Silvana. No obstante, el alquiler que le cobraba era menor a otros departamentos de similar nivel de la zona.
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