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Publicado el 15/02/2010 | Categoria: Relatos sado | 0 comentarios

Aquel día de mi iniciación estaba nervioso. Mi ama mi había citado a las seis de la tarde en su estudio, un lugar recóndito ubicado en un barrio de la ciudad. Mientras recorría la calle recordaba los momentos previos que había vivido con ella. La conocí a través de una página web en donde se relacionaban amas de todo el país. Ella aún no tenía web, ni tampoco aparecían fotografías suyas, por lo que no sabía como era su rostro cuando contacté telefónicamente con ella. Inmediatamente me atrajo su voz dulce, que me sedujo por completo. Le dije que aún no estaba seguro de querer iniciarme como sumiso, pues quizás se trataba solamente de una fantasía, por lo que sólo me animó a que la escribiera correos electrónicos trasladándole mis pensamientos. Lo hice.

Ella acusó mucho interés por mi forma de escribir y también por mi interior, que sospechaba profundo. Se enganchó a mi como yo a ella y pronto se trabó entre los dos una relación muy especial que no sabría como definir. Su voz me atraía porque me inspiraba confianza y a ella le atraía mi manera de sentir el mundo y la forma de expresar ese sentimiento universal. A pesar de que era una profesional del sadomasoquismo dedicada a realizar su trabajo cobrando un estipendio, renunció a él cuando se dio cuenta de que mi sueño o mi fantasía también era suya. Me transformé en alguien tan especial como ella lo era para mí. No sabría explicar por qué, pero de lo que estoy seguro es que ninguna otra ama dominante hubiera podido tener mi piel a su disposición. Me sentía virginal y femenino. Descubrí que la entrega es un acto profundamente tierno y femenino, y supe que deseaba entregarme a ella cuando, tras ese acto de renuncia dinerario, tan honesto y generoso por parte de ella, intuí que era una relación que debería vivir. Hay un sexto sentido en mí que me dice cuándo algo deber ser vivido. Creo que no me equivoqué.

La calle era una calle solitaria, larga y estrecha perteneciente al casco antiguo de la ciudad. Aún siento ese remusgo en el interior de mi cuerpo cuando recuerdo aquellos momentos previos a la cita. Había llegado con algo de antelación, razón por la cual busqué un café cercano que me permitiera reposar mi estado de excitación. Entré en uno viejo, de paredes amarillentas, que, recuerdo, tenía un reloj colgado en la pared. En el vi transcurrir los minutos lentamente. Sin darme cuenta, aquel tiempo se hacía eterno, un tiempo que sin embargo era el último libre que tenía si consideramos que estaba a punto de entregarme a una mujer totalmente desconocida. Sorbía café mientras deseaba fervientemente entregar mi desnudez a mi ama, tanto poder había logrado acrisolar sobre mí. Ella, sin duda, estaría dentro preparando el escenario prometido. Parece mentira que un lugar tan lúgubre radicado en un bajo comercial, con la persiana metálica medio desvencijada, pudiera transformarse, como así fue, en un pequeño universo en donde el tiempo adquiriera una dimensión desconocida. De pronto un mensaje sms llegó a mi móvil. “Te estoy esperando”.

Llamé tres veces, como ella me dijo. La abrió refugiándose tras la hoja de la puerta para que, como habíamos convenido, yo no pudiera verla. Entré menos nervioso, y dando la espalda al lugar donde sabía que ella se encontraba, recorrí un pasillo estrecho delimitado por una cortina verde enfrentada paralelamente a la pared de cristal traslúcido que componía la puerta del local. Al final del recorrido di un quiebro para adentrarme en la sala. Ella me dijo que me fijara muy bien en la decoración. Las paredes estaban salpicadas de fetiches y máscaras, espejos y creo que una fotografía de Jesús de Nazaret con la corona de espinas. En el centro de la sala, cuatro mesitas cerraban un espacio intermedio en donde debía ubicarme. Cada mesita tenía una vela encendida y un objeto de castigo. Había un látigo, u

na fusta, una pala y una venda negra, esta última sin duda destinada para mí. Olía a incienso. Siguiendo las instrucciones de mi dueña me puse de espaldas a la cortina para que ella pudiera entrar sin ser vista, y esperé.

Tras algunos minutos, que se me hacían interminables, oí sus tacones. Andaba lentamente, marcando el paso con minuciosidad, y ese sonido anidaba en mi interior marcando ya el territorio de mi dominio. A medida que los tacones se oían más intensamente, más vulnerable me iba haciendo y con más intensidad sentía que iba perdiendo mi libertad. Al fin, posó su mano sobre mi hombro, como me había dicho, y yo, siguiendo sus instrucciones, me arrodillé. Sentí una mezcla de miedo y tranquilidad que, lejos de provocar mi huida, afianzó mi determinación. Hola Alejandro, me dijo. Ya estás aquí para cumplir tu sueño. Yo también. Yo no podía hablar aún. Entonces ella tomó la venda y cubrió mis ojos. La luz desapareció. Ya le pertenecía un poco más. Comenzó a desnudarme. Poco a poco y con mi colaboración, -hube de levantarme para quitarme los pantalones-, me fui quedando tan desnudo como deseaba. Entonces comenzó a acariciarme el pene. Descubrió el lunar que le dije que tenía en el glande y se mostró muy cercana. Háblame, me dijo, cuéntame las cosas que me cuentas siempre, dame tu sabiduría. Yo no podía desarrollar frases hiladas que fueran más allá de lo que convencionalmente se dice cuando estás nervioso y no dominas lo que haces, por lo que, tal y como me prometió, tomó mi mano llevándola a su bota espetándome que podía tocarla para imaginar como era, lo cual, según empecé a recordar, ella me había prometido a cambio de mi ceguera. Mi ama siempre daba una compensación a una privación de los sentidos.

La bota era un objeto simbólico para mí que denotaba fuerza. Me gustaba sentirla, acariciarla. Pude comprobar que dicha bota ascendía hasta más allá de su rodilla terminando en una lengüeta en pico. La imaginé de color negro y creo que acerté. Más allá de la bota descubrí un muslo desnudo, fuerte, musculado y delgado, fibroso, notas que evidenciaban que mi dueña practicaba mucho ejercicio para mantenerse en forma. No me dejó ascender más allá del muslo y ella misma llevó mi mano a la nalga. Una falda de cuero, recortada por delante, caía a media altura por detrás. Descubrí que mi ama no llevaba ropa interior, aunque no toqué su sexo. Simplemente ella dejo que la falda se plegara algo y que yo, intermediando esa falda, notara la ausencia de algo más entre la falda y el cuerpo de mi señora. Un corpiño ceñido al vientre ascendía por él hasta el pecho, cubriendo parte de los senos. Pude tocar la parte de los senos que sobresalían, sentí su canícula y luego ella adentró mi mano para que sintiera su desnudez encubierta, la que el corpiño no permitía observar ni palpar.

Finalmente busqué el contorno de la cara. Era una cara estrecha de frente ancha, con pómulos prominentes y nariz grande. Los labios también parecían anchos, algo extraños para esa cara estrecha, pero en cualquier caso descubrí su sensualidad en ellos. Los ojos me parecieron grandes, ella me había dicho que eran de color azul, y el cabello, dorado, caía en media melena sobre el abismo del aire. Ese rostro me confirmó que me encontraba ante un persona inteligente, dotada además, como ya había comprobado, de una muy buena memoria. Recordaba cada cosa que yo le había dicho antes y no tenía empacho en retrotraerla cuando interesaba. Amaba la literatura, aunque se confesara menos dotada que yo para escribir. Fui sintiéndome más cómodo. Entonces, para pegarme a ella, me dijo que me asiera a ella por la cintura agarrando su corpiño por detrás con mi brazo. Mi piel desnuda me hizo sentir el corpiño y, por otro lado, dejé descansar mi barbilla en su hombro. Cuéntame cosas me dijo, y de pronto lo hice. Junto a ella me sentía ya seguro y empecé a hablarle, creo recordar que del universo, del modo especial que yo lo sentía en una playa nudista muy hermosa a la que solía ir desde niño. Pude ser poético por fin, mostrar mis palabras ante ella, mi dueña. Puso una música tierna y aquello se me antojó un baile hermoso. El tiempo adquiría ya una dimensión

no terrenal en aquel lúgubre estudio.

De pronto me dijo que me iba a azotar. Comenzó a hacerlo con la palma de su mano, mientras yo permanecía asido a ella. Sentí un dolor punzante que me penetraba, pero mi acomodo en ella, la posibilidad de sentirla rozándome con su hombro, me tranquilizaron. La besé la mejilla, pero no pude besar sus labios, como yo hubiera querido. Lo quieres todo, me dijo. No puede ser. Luego, más adelante, si pude. Tienes piel de melocotón, me dijo, pero pronto se sonroja. Entonces me ordenó que me pusiera a cuatro patas. Se sentó en mi espalda y comenzó a azotarme con una pala. El dolor era más intenso, muy intenso, y esta sensación se acrecentaba porque había perdido la referencia del contacto con su cuerpo. Noté, eso sí, su sexo abierto y cálido en mi dorso. Era un sexo ancho y abigarrado, formado por labios gruesos que se depositaban sobre mi piel haciéndome sentir su intensa excitación. El calor, a medida que la temperatura de su coño y la de mi espalda se igualaban, fue menos intenso. No el dolor, sin embargo, que sentía con mucha fuerza sobre mi piel. Tal y como le había dicho, me estaba entregando virginalmente a ella y ella no tenía empacho en romper mi virginidad descargando golpes secos y contundentes que administraba extraordinariamente bien. De pronto, noté cómo sus dedos pasaban por mis testículos y por mi ano, y entonces un placer inmenso e indescriptible borró todo el dolor anterior.

Luego volvió a ordenarme que me asiera a ella y comencé a hablarla y a besarla. La música deliciosa me permitía sentirme muy unido a ella, pero creo que, el dolor inflingido seguido luego de su dulzura, me permitía sentir comodidad y mucha confianza. Nos besamos dulcemente en la boca y nos hablamos. Su voz me llegaba y me penetraba hasta el último rincón del ser, me sentía suyo, liberado de mis propios pensamientos, oprimido, pero contenido cálidamente en su regazo. No sabría explicarlo, pero el tiempo pasaba muy rápido con ella y no deseaba que terminara.

Me ordenó poner mi vientre sobre una banqueta, y me ayudó a encontrar posición para apoyar mis rodillas y brazos de tal modo que mi nalga quedara expedita. Entonces asió fuertemente un cinturón de cuero ancho para azotarme. En ese momento yo había perdido las referencias de mi ama y me sentía solo. Comenzó a azotarme con mucha fuerza. El dolor se me hacía insoportable, quizás porque fuera más intenso o quizás porque ya no pudiera ni tocarla ni saber en donde estaba. El cuero se apropiaba de mi piel nutriéndome con un dolor furibundo. Una y otra vez sentía la sensación del dolor seguida del vacío, cuando el cinturón se replegaba, y entonces el aire parecía rozar levemente mi cuerpo, como acariciándolo para aliviarme, pero el tiempo entre un azote y otro era breve, muy breve, y yo dejaba escapar unos quejidos que a mi ama se le antojaban femeninos. De pronto paró y se enfrentó a mi rostro quejumbroso; aun tenía la venda puesta, preguntándome que quien mandaba allí. Tardé en contestar, porque me costaba doblegar el orgullo, pero respondí que ella. Ya estaba vencido, por fin, doblegado y sometido a su poder. Mis labios pronunciaron aquello que ella quería oír.

Luego me tendió en el suelo y se quitó su corpiño. Se quedó desnuda, como hacía siempre que un caballero lograba alcanzar la desnudez de su alma para conocerla. Entonces se transformaba en lo que escondía, un ser lleno de dulzura y de humanidad que valoraba profundamente la amistad. Comenzó a comerme la polla y lo hizo durante mucho tiempo. Yo olía su sexo cercano a mi aliento. Pude acariciarla. Mi ama me servía después de haberla servido. Esa era su grandeza, su capacidad para equilibrar el mundo con quien, según ella, lo merecía. Yo lo merecí. Después empezó a amarme dominando ella la situación, teniéndome a su merced. Se elevaba y descendía recorriendo mi pene, alimentándose de mi fuerza, que ella había sabido enervar primero con la boca. Mi polla estaba gruesa, las venas henchidas de hervor sublime. El dolor cedía al placer mientras mi ama se corría sobre mi cabalgándome, curándome mis heridas. Lo quieres todo, recordé que me dijo. Sí, lo quería y ella me lo daba. Placer sometido, dolor entregado. Todo en uno y en una sola atmósfera. La amé a ciegas, me dejó amarla así.

Cuando acab

amos me dijo que iría a hablar con su amigo Jesús. Era muy tarde. Me quitó la venda sin que pudiera verla. Cerré los ojos para que me pudiera llevar hasta la puerta y en ella me besó. Luego, lentamente, se fue desprendiendo de mi mano hasta que me dejó libre. La noche era tierna cuando recuperé mi libertad. Al final, como yo mismo había intuido, fue una gran experiencia.

Autor: Alehamlet alehamlet (arroba) yahoo.es

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