Esta mañana te he dejado lamer mis pies varias veces, ya deberías conocer mi sabor, ahora vas a lamernos los pies a todas, si no aciertas cuáles son los míos, recibirás un castigo
Conocí el club Afrodita por casualidad. Fue una vez, hablando con una chica argentina en un chat. Curiosamente ella conocía aquel lugar en mi propia ciudad, aquí en España, y yo jamás había oído hablar de él. Por entonces ya estaba bastante aburrido de la rutina de siempre. Salir el sábado, tomar unas copas, ligar con una desconocida y llevármela a casa. Después, con un poco de suerte, pasar la noche con ella, y con menos suerte despedirla tras un polvo. Busqué durante un tiempo una alternativa en el sexo a través de internet. Al principio resultaba excitante, novedoso; dejarse llevar por la imaginación y hacer el amor con una mujer sin siquiera conocer su cara me gustaba, o más bien me gustaba el morbo, el placer de la curiosidad que siempre inspiran las experiencias nuevas.
En realidad el sexo era siempre lo mismo para mí: primero excitarme, ya fuera en mi cama con una mujer, o a través de mensajes obscenos en el correo electrónico, o masturbándome a solas en mi casa… Después siempre acababa igual, con mi cuerpo sacudiéndose sudoroso, a la vez que mi semen salía despedido al exterior de mi cuerpo. Luego nada. Al fin y al cabo eso era el sexo. O al menos eso pensaba yo entonces.
Pronto también me aburrí del sexo electrónico. De hecho no fue para mí más que una experiencia más. Pero al menos una cosa sí saqué de aquella época: conocer la existencia del club Afrodita. Describir este lugar no es sencillo; estaba a caballo entre una discoteca exclusiva, un club de intercambio de parejas o incluso una especie de convención de adictos al sexo. Durante la semana era un buen lugar para conocer gente nueva, pero era los viernes por la noche cuando se animaba de verdad. Los viernes se desarrollaba allí una especie de orgía contenida; todo estaba permitido, pero a la vez la gente parecía esforzarse por reprimir sus deseos. Por todas partes aparecían parejas magreándose indisimuladamente sentadas en las mesas del club. Aquí una mujer con los pechos al aire mientras un hombre los lamía con pasión; allí otra dama acariciando con insistencia la entrepierna de su marido mientras éste devoraba con la mirada a una jovencita sentada dos mesas más allá, que a su vez intentaba ligar con un individuo con pinta de Neanderthal.
Pero el acontecimiento estrella de la noche era el juego del “amigo invisible”. Al entrar al club, a cada una de las cerca de 1000 personas que se concentraban allí cada viernes noche se le repartía un sobrecito con una tarjeta en su interior. El sobre era blanco para los hombres y rojo para las mujeres, y había que entregarlo al portero del local. En la mayoría de las trajetas ponía:
VALE POR UNA CONSUMICIÓN
Y esas tarjetas se podían intercambiar en la barra por una copa. Sin embargo había veinte tarjetas en los sobres blancos y veinte en los rojos con un significado especial. De estos veinte, quince contenían sólo el dibujo en negro de una silueta femenina, junto con un número del 1 al 15; en caso de tener una de estas tarjetas, había que localizar a la persona que tenía el número correspondiente en su sobre del otro color. Una vez encontrada esa persona había que mantener un rápido encuentro sexual con ella en una de las cabinas privadas del club.
Las otras cinco eran distintas, aunque también llevaban un número (del 1 al 5) que emparejaba con la dueña del sobre correspondiente de color rojo. Éstas podían llevar dos posibles dibujos: un corazón rojo indicaba que el otro sobre contenía un látigo negro, y entonces el dueño de esta segunda tarjeta adquiría pleno derecho sobre el propietario de la primera durante 24 horas; por un día entero el corazón rojo debía someterse completamente a los deseos del látigo negro, ser su esclavo, su posesión. Naturalmente el dueño de cualquier tarjeta se podía negar a cumplir el pacto, y sólo tenía que pagar un precio a cambio: la prohibición de volver a entrar jamás en el club.
Durante dos meses fui casi cada viernes al club Afrodita, pero aparte de las veces que conseguí ligar y llevarme a casa a alguna mujer (y seguir en la rutina de siempre), sólo una vez me tocó una de las veinte tarjetas. Era una silueta negra que me emparejó con una chica pelirroja de unos 25 años. No era especialmente atractiva, pero sus grandes pechos y sus cabellos naranjas eran suficientes para excitarme en gran medida. Fuimos juntos hasta una de las cabinas, y allí nos desnudamos apresuradamente y me realizó una perfecta felación, y yo por mi parte la obsequié con un gran chorro de semen que quedó entre sus pechos.
Pero no fue hasta el tercer mes cuando me pasó algo verdaderamente interesante. Y es que al abrir mi sobre vi con una mezcla de satisfacción (por la novedad) y de cierto temor (por el significado de la carta) un corazón rojo junto al número 3. La carta correspondiente del sobre rojo todavía no había sido entregada, así que entré sin más y esperé a que viniera la mujer que tenía destinada. Pasaron dos horas hasta que entró. Uno de los miembros del personal del bar se acercó adonde yo estaba, y tocando en mi hombro, cuando me volví, me indicó con su brazo extendido; su brazo apuntaba hacia una mujer de entre 35 y 40 años, muy guapa, delgada, y elegante. Llevaba una falda negra por debajo de las rodillas, y una blusa blanca con rayas verticales azules por fuera de ésta. En sus pies, unos bonitos zapatos negros con poco tacón dejaban ver los dedos de sus pies. Me acerqué a ella y nos sentamos en una mesa.
Apenas pasamos cuarto de hora hablando, y casi todo el tiempo fui yo quien lo hizo. Ella me contó tan solo que vivía sola y que tenía una tienda de óptica y fotografía. Después me dijo que se iba a casa porque a la mañana siguiente tenía que abrir su negocio, y me recomendó que yo hiciera lo mismo, porque nuestras 24 horas comenzarían allí mismo a las 9:00 de la mañana siguiente.
Al siguiente día fui lo más puntual posible; tanto, que llegué a las 8:45, y tuve que esperarla un cuarto de hora: ella llegaba muy puntual. Venía vestida con una blusa parecida a la del día anterior, blanca, de mangas cortas abrochadas por encima del codo y entallada. Hoy en cambio llevaba unos pantalones negros, y unos zapatos cerrados. La luz del día me permitió contemplarla mejor. Era verdaderamente hermosa a pesar de su edad. Su cara no estaba aún marcada por las arrugas, y su piel morena era lisa, tersa. Sus facciones eran afiladas, su nariz y sus labios eran estrechos, y su maquillaje discreto, de tonos oscuros, le concedía un aire distinguido, elegante. Sus cabellos negros, suaves, caían en una espectacular cola de caballo sobre su espalda.
- Llegas muy puntual.- me dijo-. Pasa. – Y abrió la verja de su tienda lo justo para que pasásemos los dos, y después volvió a cerrarla.- Desnúdate.- me dijo. Esto me pilló bastante de sorpresa, y dudé un momento. Ella me miró y sonrió. Después se acercó a mí, y repitió en voz baja, con un tono dulce y melodioso: – denúdate-. Y sin decir nada más me dio un fuerte bofetón, que me hizo tambalearme. Por miedo a que lo repitiera, me desnudé enseguida, quedando ante ella. Aquella situación era nueva para mí. Estaba en los dominios de aquella mujer, a merced de sus caprichos. La vergüenza de mi desnudez me producía una especie de placer morboso que su mirada fija sobre mi cuerpo no hacía sino aumentar. Recogió toda mi ropa, y se metió en un cuarto contiguo ordenándome que no me moviera. Yo me quedé plantado en medio del local, y ahora a la vergüenza se unía la incertidumbre, el temor por no saber lo que me esperaba.
No tardó en salir. Sobre sus ropas se había puesto una bata blanca, y había sustituido sus zapatos negros por unos zuecos blancos como los que llevan las enfermeras. – Arrodíllate- me dijo. Ahora no sólo estaba desnudo, sino humillado ante ella, y sabiendo además que no era por mi voluntad, sino por la suya. – Quiero que vayas debajo de mi mesa; ése será hoy tu sitio.- Quería que me metiese bajo un escritorio metálico blanco situado en una esquina. Tenía la intención de abrir la tienda conmigo allí, donde cualquiera podría verme. De nuevo dudé, y mirando al suelo meditaba si echarme atrás. Un nuevo bofetón me devolvió a la realidad. – Bajo mi mesa, vamos.- Sin
rechistar hice lo que me pedía, y me acurruqué bajo su mesa ocultándome en el ángulo que me pareció que ocultaba mejor la calle. Cuando estuve allí, ella abrió la verja, y puso el cartel de ABIERTO. Después se sentó en su escritorio, bajo el cual apenas había sitio para mí, y sus piernas quedaron enredadas con mi cuerpo.
Yo estaba aterrorizado. No me asustaban las prácticas sadomasoquistas, pero a solas, en la intimidad, no allí donde cualquiera podría verme. No tardó en entrar el primer cliente. Era una señora mayor, que quería comprar unas gafas de sol. Mi látigo negro se levantó un momento a coger unos modelos de la estantería, e inmediatamente se sentó en su escritorio, hablando con la mujer que acababa de entrar. Yo no me atrevía ni a respirar, y a cada instante temía que los latidos de mi corazón, que latía vertiginosamente, me delataran. En aquel trance podía sentir el escozor que las dos bofetadas habían dejado en mi cara.
Ella comenzó a juguetear con sus pies bajo la mesa; se quitó uno de los zuecos, y dejándolo colgar sobre su dedo pulgar lo balanceaba a uno y otro lado. Luego lo dejó en el suelo, y empezó a pasar su pie desnudo por mi pecho, después por mi cara. Aquel pie era maravilloso. Su piel era también morena, y sus dedos huesudos, afilados, con unas uñas perfectamente recortadas, sin pintar. Sus venas se dibujaban a lo largo de ellos formando surcos que llevaban a sus tobillos esbeltos, que apenas asomaban bajo el extremo de su pantalón. Dirigió su pie a mi boca, y la frotó, tratando de introducir sus dedos en ella. Yo estaba petrificado ante la idea de que pudieran descubrirme, así que no me atrevía a moverme. Pero su otro pie, enfundado en el zueco, me hizo vencer mis temores al caer violentamente sobre mis genitales y aplastarlos; estuve a punto de gritar de dolor, y lo hubiera hecho si hubiéramos estado a solas, pero abrí la boca y metí la mitad de su pie desnudo en ella, ahogando así mi quejido. Ella empezó a deslizar su pie adentro y afuera de mi boca, mientras yo podía sentir sus venas dilatadas en acariciar mis labios. En mi interior, sus dedos se agitaban y jugueteaban, a la vez que mi lengua exploraba el espacio entre ellos. De vez en cuando, el aumento de la presión sobre mis testículos me recordaba la presencia de su otro pie, y la amenaza de lo que me esperaba si no hacía lo correcto. El miedo había dado paso a la desesperación, y sólo pensaba en evitar el dolor y la vergüenza.
Durante unos diez minutos se prolongó aquel juego, hasta que la clienta se decidió por un modelo y el pie moreno se deslizó de mi boca para entrar otra vez en su zueco y recorrer el trecho hasta la caja registradora. Cuando de nuevo nos quedamos a solas, se volvió a sentar en su silla y me dijo:
- Ni se te ocurra levanta la vista del suelo.- Entonces sus dos pies quedaron descalzos, y oí el ruido de sus pantalones desabrochándose y deslizándose. Durante unos minutos pude oír sus gemidos ahogados, apenas perceptibles, con el sonido de fondo de un frotamiento rítmico y viscoso, acompañado por los movimientos de los dedos de sus pies, que se retorcían y se estiraban a cada momento. Después, sólo un profundo suspiro, y sus pantalones volviendo a su posición. La campanita de la puerta volvió a sonar. Ella se agachó, y me susurró:
- Limpia el asiento de la silla. Con la lengua.- Y se levantó a atender al nuevo cliente. No podía creer lo que me pedía. Limpiar la silla suponía salir de mi escondite y quedar a la vista en caso de que la persona que acababa de entrar fuese hacia ese lado de la tienda. Pero como he dicho ya estaba desesperado. Quería acabar cuanto antes con aquello, así que manteniéndome lo más oculto posible saqué la cabeza y empecé a lamer el asiento, mojado los jugos de mi verdugo. Aquello sí me gustaba de verdad. La silla tenía un sabor intenso, sabor a mujer. Estaba absorto en mi labor. Oía hablar pero era incapaz de entender las palabras. De repente desvié la vista un momento, y de reojo pude ver a una chica joven, la clienta que acababa de entrar, que ojeaba las cámaras fotográficas. Ella miraba en aquella dirección. Me había visto, sin duda. Cuando la miré a los ojos ella desvió la mirada. Mi vergüenza entonces llegó al límite. Podía sentir que estaba completamente sonrojado, la cara me hervía. Me
sentía humillado, aquella chica me había visto desnudo, lamiendo el cuero negro del asiento. No podía más. Simplemente apreté los ojos con fuerza y seguí lamiendo con violencia, mi lengua estaba ya seca y áspera y el asiento completamente limpio ya no sabía a mujer, sólo a cuero. Pero el sabor desagradable, el ardor en mi lengua, hacían que me olvidase de la vergüenza, que no pensase en la chica que acababa de ver. Así seguí hasta que se fue.
Entonces la mujer se acercó a mí, y me dijo: – Tengo calor en los pies, y tu saliva me refresca.- y sacando sus pies de los zuecos los empujó hacia donde yo estaba, y quedó descalza sobre las baldosas blancas de la tienda. No era difícil adivinar lo que quería. Cogiendo el primero, empecé a recorrer su interior con mi lengua, procurando impregnarlo lo más posible de saliva. Después de las humillaciones sufridas ya todo me daba igual; estaba sonrojado, acalorado, y no me atrevía a levantar la vista y mirarla. Después de aquello sentía que no podría volver a mirar a los ojos a nadie más. Seguí chupando la piel blanca donde habían estado alojados sus pies. A pesar de que estaba sudada por el calor del verano, su sabor, por contraste con el de la silla, me resultaba agradable, e incluso se podría decir que casi disfrutaba con el sabor salado de aquella secreción. Mientras tanto miraba sus pies desnudos, deleitándome en su contemplación, en la contracción de sus dedos al contacto con el frescor de las baldosas al que yo estaba acostumbrado.
Llegó la hora de la comida. La mujer cerró la tienda, y me hizo pasar a un cuarto interior, lleno de focos y pantallas de diversos colores; sin duda era el lugar donde realizaba fotografías para carnets, pasaportes… Me ordenó que me sentara en el suelo y esperase a que ella comiese. Hice lo que me pedía; me senté desnudo en el suelo, con las piernas cruzadas, y siempre mirando al suelo. Mientras pensaba en todo lo que me había pasado esa mañana, me prometí a mí mismo no volver a dejarme someter. Sin embargo, tampoco era capaz de irme. Tenía miedo de aquella mujer, y no porque me pudiera hacer daño físico, sino porque estaba en su poder. Me había obligado a hacer cosas humillantes. ¿Y si lo contara? Estaba completamente a su merced, así que tenía que obedecerla hasta que se cumpliesen las 24 horas.
Cuando terminó de comer, me dijo que me acercara a ella. – Ponte sobre mis rodillas.- me dijo. Y tiró de mí, hacia ella, quedando yo boca-abajo hacia el suelo, con el vientre apoyado en sus piernas y mis brazos colgando por delante de mi cuerpo. Entonces alargó el brazo, y se quitó una vez más uno de los zuecos. Pude entonces ver otra vez su pie desnudo, e incluso parte de su tobillo, que asomaba por debajo de su pantalón.
Sin más explicaciones me sujetó la espalda con una mano, mientras con la otra, agarrando el zueco, me propinó una dura azotaina. Cada golpe restallaba en mis nalgas y el eco lo repetía una y otra vez por toda la habitación. Aunque al principio pude soportar el castigo, a medida que mi trasero recibía más golpes y se irritaba ella golpeaba más y más fuerte, de forma que el escozor resultaba insoportable; sin poder evitarlo, comencé a gritar; cada golpe arrancaba un profundo gemido de mi garganta, el cual me ayudaba a soportar el castigo. – Bien.- me dijo la mujer deteniendo la tortura.- ¿por qué no has gritado antes? Eso era lo que quería. Quería demostrarte que eres mío, y puedo hacerte gritar de dolor si quiero. Ahora no te atreverás a desobedecerme.
Una vez liberado, me liberé de aquella posición, y con movimientos muy lentos, los únicos que me permitían mis magulladuras, fui a apoyarme en el suelo, ladeado para que mis glúteos doloridos no tocasen el suelo.
Ella se levantó, y uno por uno encendió todos los focos de la sala, quedando ésta completamente iluminada. – Quiero tener un recuerdo tuyo.- dijo mientras tomaba en la mano una cámara fotográfica. – Agárratela. Mastúrbate.- Hice lo que me pedía. Mi verga no estaba ni mucho menos tiesa; es fácil suponer que no tenía muchos ánimos para ello. Sin embargo, tuve miedo de que se pudiera enfadar, e intenté por todos los medios empalmarme. Sólo tuve que pensar en sus pies, descalzos dentro de mi boca, y mi miembro reaccionó de inmediato. Sentí el flash de la cámara iluminando la habitaci&oa
cute;n, y después su voz: – basta.- Entró en un cuarto contiguo al que se accedía a través de una cortina; tras unos instantes, salió con algo en la mano. Al principio no me di cuenta de lo que era. Luego comprobé que era una mordaza, una de esas pelotas de plástico que se introducen en la boca y se sujetan con una correa. Situándose detrás de mí, me la colocó y la apretó con fuerza. – ¿Ves qué guapo estás así?.- De nuevo se vio el fogonazo del flash. Siguió hablando.- Tengo una idea. ¡Qué foto tan linda va a salir!.- Se acercó a una silla en la que había dejado su bolso, y de él sacó una especie de tubo blanco, y un envase de plástico. No comprendía qué era aquello hasta que lo lanzó a mis pies, y comprobé horrorizado que era un tampón con su aplicador. – Póntelo-, me dijo. Aquello era demasiado; incluso me atrevía a mirarla a los ojos, superando mi vergüenza, para lanzarle una mirada suplicante, con las lágrimas a punto de brotar de mis ojos. Ella se acercó lentamente, con una mirada dulce, compasiva. Se acercó a mí como para susurrarme algo al oído, y cuando me tuvo cerca, se limitó a propinarme otra bofetada, que cayó en mi mejilla como una bomba. Después, tranquilamente, se limitó a repetir: – póntelo.
Cogí el aplicador con manos temblorosas, y luego saqué el tampón de su envase. Tras unos momentos de duda, me di cuenta de que no sabía como usarlo. Un sudor frío corría por mi espalda. La mujer me lo arrebató suavemente de las manos, y tras unos segundos me lo devolvió preparado. Rojo de vergüenza, dirigí la punta del aplicador a la entrada de mi ano. Después empujé el tampón, y lo noté deslizarse por mi recto, rozando sus paredes, empujándolas hacia fuera mientras desgarraba mi cerrado agujero. Una vez más sucumbí al dolor, y un sonoro grito salió de mi garganta, pero quedó atrapado en la mordaza que llevaba puesta. El flash de la cámara coincidió con el momento en que una lágrima rodaba por mi mejilla hacia mis labios.
Se acercó a mí, y tomando el hilo del tampón con dos dedos me lo extrajo, dejándome completamente escocido. Después me quitó la mordaza. – Lo has hecho muy bien.- dijo. – Pero quiero un recuerdo más.- y tras desaparecer de nuevo en el cuarto, salió con una cámara de vídeo en una mano y un enorme vibrador en la otra. Tras aquella primera experiencia anal estaba aterrorizado. – No te preocupes.- me dijo.- Sólo quiero que le hagas una buena mamada.- y acercándose a mí, puso la punta de aquel aparato en mis labios y empujó ligeramente. Después agarró mi mano y la dirigió hacia el artilugio, para que yo lo agarrase.- Vamos. Empieza. Ya estoy grabando.- Sabía que no tenía otra salida, y sólo quería terminar con aquello, así que sin pensarlo más empujé y lo metí en mi boca. Empecé a bombear adentro y afuera, llegando con mis penetraciones casi hasta la garganta. Estaba a gatas en el suelo, con un brazo apoyado en él y el otro sujetando el dildo. – Vamos, se más apasionado. Quiero ver cómo disfrutas. Mueve el culo.- No podía más. ¿Todavía aquella humillación? Empecé a balancear el trasero rítmicamente, a ambos lados, a la vez que movía mi cuello adelante y atrás mientras mantenía inmóvil del vibrador. Ella mientras tanto me rodeaba, moviéndose con la videocámara a mí alrededor para no perder un solo detalle. Se paró frente a mí. – ¿Por qué no miras a la cámara?.- Aquello fue todavía peor. Lo único que me permitía resistir aquello era el hecho de no tener que ver su cara. Levantando la vista, miré el objetivo mientras seguía con mi penosa labor. – Muy bien. ¡Verás qué guapo!.
No se cuánto duró aquello, pero por fortuna llegó la hora de reabrir la tienda. Fui conducido de nuevo bajo la mesa, y allí pasé el resto de la tarde, sin hacer nada más que recordar a mi pesar lo que había tenido que hacer, temblando cada vez que entraba un nuevo cliente. Las imágenes me volvían una y otra vez a la cabeza sin poder evitarlo. Así llegó la hora del cierre de la tienda. Se levantó de su escritorio, caminó hacia la puerta y bajó la reja metálica. Después cerró la puerta con llave.
- Puedes salir de debajo de la mesa. Pasa al cuarto de al lado.
Hice lo que me pedía. Ella entró detrás de mí, y encendió todos los focos; después se sentó en una silla, indicándome que permaneciera sentado. Se dirigió hacia un armario en la parte trasera, y cuando lo hubo abierto ví que guardaba un proyector, que en seguida puso en funcionamiento. Bajó un poco la luz en la parte del cuarto donde estaba la pantalla, quedando nosotros en la parte iluminada. – Ahora te voy a poner un vídeo de lo más excitante. Quiero que te masturbes mirándolo. No apartes la vista de él.-
Para mi disgusto, me puso el vídeo que había grabado antes, y tuve que verme mamando aquel vibrador, es más tuve que verme mientras disfrutaba haciendo una mamada. Si la escena había sido humillante, verme desde fuera era todavía peor. Aparté la vista. Una nueva bofetada me hizo mirar de nuevo. Resignándome, empecé a masturbarme mirando la pantalla. Sin embargo, no era tan horrible como yo pensaba; la situación resultaba nueva, morbosa. No sabía qué era lo que más me excitaba, si el propio vídeo o la mujer que me observaba mientras me autosatisfacía. El caso es que empezaba a disfrutar de la situación, y miraba el vídeo lleno de morbo. Contemplaba en él mi trasero enrojecido por los golpes, recordando con una cierta noción perversa de deseo la azotaina. – Sigue-, me dijo, – quiero que llegues hasta el final-. Y así lo hice, hasta que después de unos minutos exploté de placer, en uno de los orgasmos más intensos de mi vida, que se prolongó durante unos breves momentos en los que me derramé por todo el suelo de la estancia. Cuando pasó aquello, ya sólo quería ser de aquella mujer, ser su esclavo, su pertenencia.
Mientras limpiaba el suelo con una fregona, me dejó descansar unos instantes. Luego me tomó de un brazo para que me levantara, y conduciéndome hasta una amplia mesa, me hizo tumbarme en ella boca-abajo. Cabía por completo. Entonces me ató los brazos a las patas de las mesa, uno en cada esquina, y me hizo bajar las piernas hasta apoyar los pies en el suelo. También me ató por los tobillos, así que quedé agachado e inmovilizado. Sacando de un cajón un gran pañuelo negro, me tapó los ojos. Después se alejó de mí, y me dejó en esa posición un rato. Ahora ya no sufría, al contrario estaba excitado deseando de ella cualquier castigo con el que quisiera obsequiarme.
Al poco tiempo comencé a oír en la tienda un rumor de voces que cuchicheaban. El ruido se iba acercando, y de pronto pude sentir en la habitación a otras dos mujeres además de la dueña de la tienda. Hablaban en voz baja, y apenas podía entender lo que decían. Sólo habló en voz alta mi látigo:- ¿Qué os parece? Es guapo ¿verdad? Tenéis que ver las fotografías que le he hecho. Revolvió unos cajones, y por lo que pude entender les dejó ver a las otras las fotos ya reveladas. Ellas soltaban risitas estridentes entre algunos comentarios obscenos que podía descifrar sólo en parte. La excitación se había pasado de golpe, y ahora me sentía más avergonzado que nunca. Ahora había dos personas más que sabían lo que había estado haciendo aquella tarde. Yo ni siquiera las veía. ¿Cómo iba a saber que no me cruzaba con una de ellas por la calle cuando una desconocida sonriera? En ese momento estaba maldiciendo el día en que conocí el club Afrodita.
- Vamos a ver el vídeo, es mucho más divertido. – En aquel momento se disipó la única esperanza que me quedaba. También iba a enseñarles el vídeo en el que aparecía en la situación más humillante de mi vida. Escuché el ruido del proyector, y las risas se multiplicaron. Sentí una mano cálida y suave acariciando mi espalda, mientras una voz desconocida me susurraba: – la chupas muy bien.- aquello acabó conmigo. Estaba completamente derrotado.
Cuando se hubieron aburrido del vídeo, la dueña de la tienda tomó otra vez la palabra: -¡Vamos! ¿No queréis vosotras salir en el vídeo?- Y me desató de la mesa, dejándome puesta la venda de los ojos. Entonces empezaron a jugar conmigo, a manosearme por todas partes, mientras sabía que la mujer me grababa. Tras un revuelo de cajones y armarios, noté que una de las mujeres agarraba mi pene
, a la vez que lo estiraba con los dedos.- Vamos a ver cuánto te mide,…- tenía una cinta métrica en la mano – ¿sólo? ¡qué pequeñita!- Aquella nueva vejación me dejó indiferente. Ya había alcanzado mi límite, y me daba igual lo que quisieran hacer de mí. Noté después que me escribían algo en la espalda; la punta de un rotulador la recorrió entera, por lo que imaginé que sería una pintada enorme.
Aquellos juegos se prolongaron durante más de una hora, mientras notaba las risas entrecortadas, melladas por la excitación, de aquellas mujeres. Su anfitriona las interrumpió:- esperad, chicas. Se me ha ocurrido un juego.- dijo.- Esta mañana te he dejado lamer mis pies varias veces. Incluso has tenido la oportunidad de probar mi flujo. Ya deberías conocer mi sabor. Ahora vas a lamernos los pies a todas. Si no aciertas cuáles son los míos, recibirás un castigo.-
Las otras dos mujeres reían ahora a carcajadas. Noté cómo se sentaban en la mesa, y pude oir el ruido de varios zapatos cayendo.- Acércate.- me acerqué, y una mano dirigió mi cabeza hacia abajo, hasta poner un cálido pie al alcance de mi boca.
El aroma que éste desprendía cambió de nuevo mi estado de ánimo. Otra vez era presa de la excitación. Con auténtica gula me lo metí entero en la boca, devorándolo con ansia, recorriendo cada centímetro con mi lengua hasta que la misma mano de antes (o quizá otra) me hizo para y dirigirme a otro pie. No fue distinto con él, y a los pocos segundos estaba cubierto de mi saliva, cuando tocó el relevo al tercero. Cuando hube acabado, la mujer me preguntó: – ¿Y bien? ¿V cuál es el mío?- ¿Cómo iba a saberlo? En el estado de excitación en que me hallaba sumido era incapaz de razonar. Contesté al azar: – el primero.- Una carcajada siguió a mi respuesta.- Has fallado. – Era una voz desconocida la que me hablaba.- Túmbate boca-abajo para recibir tu castigo. Hice lo que me pedían. Al momento, un dolor agudo y punzante sacudió mi cuerpo.
Aquella mujer estaba introduciendo el tacón de su zapato en mi culo, y una vez dentro lo retorcía sin piedad, ante el regocijo de sus amigas. El tacón debía ser enorme, porque se clavaba en mis entrañas haciéndome revolcar del dolor. Además no podía moverme, porque al hacerlo sólo conseguía que el zapato se clavase más. Simplemente lancé un grito desesperado. Esa fue la señal, y la mujer dejó de retorcer el tacón; en su lugar, lo extrajo de mi interior de un sólo golpe, para empujarlo dentro con más fuerza aún que antes, violándome, sodomizándome sin compasión mientras yo sólo podía resistir las embestidas.
Así pasó cerca de cuarto de hora, hasta que se cansó y dejó que me levantara. Apenas podía caminar por el dolor. – Vamos cariño, aún no hemos terminado de jugar.- Lo que más me dolía era el tono burlón; no me trataban con desprecio, sino con una especie de sádico cariño maternal. La segunda vez puese cuidado en lo que hacía, y no me fue difícil reconocer el pie correcto. El primero de ellos era regordete y liso, a diferencia del de la dueña de la tienda, que era huesudo y surcado de venas. El segundo tenía un sabor muy distinto al que recordaba de antes, y que pude reconocer en el tercer pie:
- ¿Y bien?
- Es el tercero.
De nuevo se rieron. – Esta vez has acertado. Lo has hecho muy bien. Para que veas lo contenta que estoy, te puedes ir ya a casa, aunque todavía me quedan unas horas – mientras hablaba, sus amigas reían maliciosamente -. Ven conmigo. Me condujeron a la sala donde estaba la tienda, hasta la puerta, y abrieron esta, levantando después la reja. Yo seguía desnudo. – ¿Hay alguien en la calle?- preguntó la mujer. – No-. Me agarró del brazo y tiró de mí. Por mi parte, yo estaba de nuevo aterrorizado. Querían sacarme desnudo a la calle. Me quedé plantado en el sitio, esperando, hasta que una fuerte bofetada me convenció para que obedeciese. Venciendo mi temor, salí a la calle, apresurando mi paso tanto como podía, tirando ahora de la mujer. ¿Por qué lo hacía? Ni siquiera sabía adonde iba. Entre dos de las mujeres me agarraron y tiraron de mí. Sobresaltado, oí cómo se abría la puerta de un coche. Mi corazón latía fren&
eacute;tico. Me calmé al comprobar que me metían en un automóvil: iban a llevarme a casa. – Tranquilo, cariño. Vamos a llevarte a casa en coche. No puedes ir por la calle con esta pinta.- Su amiga se reía a carcajadas.
A medida que el coche avanzaba mi temor iba en aumento. Aquellas mujeres se habían quedado con mi ropa, así que tendría que subir desnuda a casa; sólo me tranquilizaba el hecho de que era ya muy tarde, así que sería poco probable que me cruzase con nadie. No obstante, ese pensamiento no logró impedir que mi corazón diese un vuelco cuando el coche se detuvo. Oí cómo se abría la puerta, y me bajaron del coche. Sentí el aire fresco en mi cuerpo desnudo. Cuando me indicaron hacia dónde caminar, me apresuré para llegar cuanto antes al resguardo del portal. Rápidamente abrieron la puerta con mis llaves, y me condujeron, siempre vendado, al ascensor. Me metieron en él y se despidieron entre risas contenidas y cuchicheos histéricos:
- Mi última orden para tí es que no te quites la venda hasta entrar en casa.
¿Qué más daba eso ya? La puerta del ascensor se cerró, y cuando se abrió de nuevo en el quinto salí deprisa y me lancé como un loco hacia mi puerta, que abrí con las llaves que me habían entregado tras despedirse. Cerré de un portazo, e inmediatamente me quité el pañuelo que tapaba mis ojos. Mi primera reacción fue mirar por la mirilla para asegurarme de que no había nadie en la escalera. Para mi tranquilidad, no se veía ni a un alma.
Agotado por las emociones del día, me dirigí al baño y encendí la luz. En el espejo pude ver el aspecto que tenía: desnudo, sudoroso, y con numerosas marcas rojas por todo el cuerpo. Instintivamente me dí la vuelta para mirar mi espalda. En grandes letras negras, se podía leer una inscripción en mi espalda:
DAME POR EL CULO
En ese momento, la vergüenza que sentía me impidió seguir mirándome al espejo. Demasiado cansado como para entretenerme en darme una ducha, me fui a la cama, y me metí en ella desnudo.
Cuando ya estaba conciliando el sueño, comencé a recordar las aventuras vividas, y sin poder evitarlo comencé a excitarme enormemente. Pensé en la mujer del club Afrodita; apenas había visto de ella más que su cara, sus manos; pero sobre todo sus pies. Con gran deleite cerré los ojos y vi en mi mente aquellos maravillosos pies que habían ocupado mi boca. Una enorme erección había nacido entre mis piernas. Me dí la vuelta, y tumbado boca-abajo empecé a restregarme contra las sábanas. Trataba de recordar cada detalle, cada risa de aquellas mujeres a las que jamás llegué a ver, pero sobre todo el sabor de sus pies, el sabor salado. Me vino a la imaginación la imagen de mí mismo tragándome el consolador, la imagen que tanto me había excitado en la tienda; después recordé el aspecto de mi trasero enrojecido por los golpes, el dolor que sentí, el nudo en mi garganta al entrar el tampón dentro de mí; mientras me frotaba recorrí con los dedos la entrada a mi ano, pensando que éste había perdido para siempre su virginidad. Recordé cómo había sido violado por el zapato de una de las mujeres, y completamente extasiado aumenté el ritmo de mis movimientos, rozándome contra las sábanas violentamente a la vez que introducía la yema del dedo en mi culo. Al poco tiempo, una oleada interminable de semen salió de mí, tan abundante que podía sentirla impregnar todo mi vientre. En el último momento, cuando me vaciaba por completo, sólo podía concentrarme en una única imagen, más bien una sensación: su pie en mi boca, mi lengua sobre sus abultadas venas, y ante mi vista sólo su tobillo desnudo, asomando apenas bajo su pantalón.
Autor: Otroyo