Ella estaba preparada. Al fin llegaba el día.
Laura había probado poco a poco cada vez más, pero su naturaleza era insaciable.
Quería en esta ocasión conocer sus límites.
Su marido había sido quien la impulsara a probar cada vez más. Él le creaba las necesidades.
Al principio de su matrimonio ellos pasaban días y días encerrados probándose uno al otro, siempre sintiendo nuevas caricias; y lo que en un principio era sencillo, se fue volviendo para los dos una necesidad de buscar cosas nuevas.
Le habían ordenado el día anterior aplicarse un enema con agua fría para lavar bien sus intestinos y después se metió a la tina a darse un largo baño, era principios de verano y el calor era fuerte.
Había recibido un paquete con un mensajero con lo que debería de llevar puesto. Así, a las 7 de la tarde se preparó meticulosamente para lo que le esperaba.
Se puso un par de medias blancas con ligas a los muslos, una tanga pequeña también en blanco transparente y un brasier en juego. Sobre esto llevaba un camisón también blanco en tela satinada con filos negros que le ajustaba marcando bien su esbelta silueta, era bastante corto y cubría solamente la mitad de sus muslos. Tenía diminutos tirantes. El toque final lo daban unas zapatillas blancas.
Lucía muy atractiva. Con su cabello dorado suelto, ojos verdes, piel bronceada, hermosas piernas bien torneadas, muslos marcados, pechos medianos y firmes y nalgas redondas que se marcaban bien con el camisón que llevaba puesto.
Hola guarrita, mientras tú duermes, descansas y te recuperas de la fiebre,
yo voy adelantando trabajo para eliminar un poco de tensión, mía y tuya.
Voy a suponer que tus límites son más o menos como los míos que son:
a) La violencia gratuita.
b) Actividades asquerosas (coprofagia).
c) Enamorarse.
Ahora voy a describir el escenario, estamos en una habitación en la que hay
una cama grande, una mesita de noche, ventanas con cortinas y diversos
juguetes.
- Pañuelos de seda.
- Cuerdas.
- Esposas.
- Consoladores y vibradores.
- Pinzas de tender la ropa (de madera).
- Velas.
- Un quemador de incienso.
- Pinzas de autoapriete con cadenas y pesos variados.
Estamos tú y yo solos, en el aire se huele el aroma a incienso, cierro la
puerta y te ordeno que te sientes al borde de la cama, te cogo las manos y
poniéndolas a tu espalda las esposo sin apretar el cierre, de manera que tus
muñecas no sientan la presión.
Mi esposa es la dueña completa de mi ser, la amo con devoción, y la atiendo como si fuera una diosa.
Esta situación en la que vivimos felizmente mi esposa y yo, fue avanzando lentamente hasta llegar a lo que es hoy en día, yo arrodillado a sus pies, adorándolos constantemente y esperando la más mínima instrucción para realizarla de inmediato sin cuestionar la orden en ningún momento. Ya han quedado atrás esos primeros momentos de mi sumisión en que yo preguntaba ¿Por qué? Luego de recibir alguna orden, o le pedía, no por favor no. Después de varios castigos he comprendido que sus órdenes deben realizarse inmediatamente, sin preguntarme nada, solo escuchar…y obedecer.
Cuando éramos novios, teníamos una relación bastante normal, cotidianamente y en la cama. Aunque era siempre ella la que tomaba la mayoría de las decisiones en la mayoría de los aspectos. Y siempre la noté insatisfecha debido a mi minúsculo pene.
Nos casamos al poco tiempo de noviazgo, y ella rápidamente comenzó a aumentar su autoridad, yo la amaba tanto que no tuve problemas en ir accediendo a cada una de sus peticiones. La casa estaba decorada a su gusto, lo que comíamos era la elección de ella, adonde saldríamos etc.

