El enorme internado para chicas parecía una especie de mansión victoriana, realmente era un palacio reconvertido en internado, rodeado de enormes jardines llenos de árboles, fuentes de mármol con lujosas y hermosas figuras de jóvenes muchachas de aspecto angelicales expulsando agua de partes de sus cuerpos impensables, y zonas deportivas para practicar baloncesto, futbol, atletismo, tenis, natación…
En el interior, nueve aulas, donde las alumnas impartían sus clases. Las edades de las internas iban desde los 15 las recién llegadas a los dieciocho las que salían, 19 si habías repetido algún curso. Las aulas se dividían en grupos de veinte, así pues, cada curso constaba de sesenta alumnas, no podía haber más ni menos, siempre había las justas, veinte por clase, y así, las 180 alumnas que empezaban ese año, terminaban de oír el discurso de bienvenida del director, todas de pie en el gran salón, ante la mirada, todas, de sus padres, todas menos Laura, que llorando amargamente en silencio, no podía adivinar aun que lo peor aun estaba por pasar.
Laura, que acababa de cumplir quince años, se había quedado huérfana, y el estado había decidido internarla hasta los dieciocho en el prestigios centro ASTEN, situado a las afueras de la capital. La joven no saldría del centro hasta ser mayor de edad, y hasta entonces permanecería tutelada por la dirección del centro. Las lágrimas de Laura eran por pensar que si sus padres estaban vivos, jamás la habrían llevado allí. Las lágrimas de las compañeras de curso de Laura eran por ver la situación en la que estaban y por no dar crédito. Las otras alumnas, ya no lloraban, ellas ya habían pasado por esa misma situación, y algunas, hasta sonreían por ver a las novatas llorar, tal y como ellas hicieron en su primer año.
Es la decimoquinta felación que hace en lo que va de día… no sabe ni tan siquiera qué hora es, si quedará mucho para que el día acabe o si tan siquiera acaba de empezar.
Siempre termina perdiendo la cuenta de la cantidad de eyaculaciones tiene que tragar al cabo del día, después de las treinta primeras seguir contando no tiene mucho sentido.
Aunque ella no lo sabe, hace dos años y tres meses que Isabel sirve de esclava en ese pequeño cuartucho del sex-shop, junto a las cabinas porno.
Fue vendida a su actual dueño por un precio más que aceptable y desde entonces la mantiene oculta en ese cuarto… su único contacto con el mundo es ese pequeño agujero por el que los clientes meten sus miembros y ella los chupa, tal como la enseñaron.
Tampoco tiene mucha opción puesto que un enorme aro de metal en su boca impide que la pueda cerrar y morder así a alguno de los clientes; por supuesto ese aro está bien asegurado con una correa y perfectamente cerrado con un candado.