Es la decimoquinta felación que hace en lo que va de día… no sabe ni tan siquiera qué hora es, si quedará mucho para que el día acabe o si tan siquiera acaba de empezar.
Siempre termina perdiendo la cuenta de la cantidad de eyaculaciones tiene que tragar al cabo del día, después de las treinta primeras seguir contando no tiene mucho sentido.
Aunque ella no lo sabe, hace dos años y tres meses que Isabel sirve de esclava en ese pequeño cuartucho del sex-shop, junto a las cabinas porno.
Fue vendida a su actual dueño por un precio más que aceptable y desde entonces la mantiene oculta en ese cuarto… su único contacto con el mundo es ese pequeño agujero por el que los clientes meten sus miembros y ella los chupa, tal como la enseñaron.
Tampoco tiene mucha opción puesto que un enorme aro de metal en su boca impide que la pueda cerrar y morder así a alguno de los clientes; por supuesto ese aro está bien asegurado con una correa y perfectamente cerrado con un candado.
